Al frente de bandas toscamente armadas, Ned Ludd –al cual sus contemporáneos llamaron alguna vez Ludd de Sherwood, en infantil homenaje al Robín mítico– asoló, en 1779, Leicester destruyendo cuantas máquinas tejedoras se cruzaron en su camino. No era un vándalo. No lo eran los hombres que le daban guardia. Eran sólo artesanos aterrorizados ante la perspectiva de ver desaparecer su mundo, su trabajo, su supervivencia, todo, merced a la revolución que las máquinas iban a imponer de inmediato. Un halo de romanticismo loco rodea su figura. El mismo que envuelve a todos cuantos personajes han tratado de hacer retroceder el tiempo. En vano lo ludditas trataron, durante varias décadas de retornar a un jamás existente tiempo idílico del artesanado. Su oficio estaba condenado a muerte. Y las máquinas iban a dotar al hombre contemporáneo de la mayor potestad sobre la naturaleza que la especie hubiera alcanzado a soñar nunca. Fue precisa una cabeza potente para dar fórmula al insostenible absurdo de unos hombres destruyendo lo único a través de lo cual podían mejorar sus terribles condiciones de vida: “Es preciso tiempo y experiencia antes de que los obreros, una vez hayan aprendido a distinguir entre la máquina y su empleo capitalista, dirijan sus ataques, no contra el medio material de producción, sino contra su modo social de explotación”. La cabeza pertenecía a un judío alemán de formación académica deslumbrante. Un tal Karl Marx.
Los rompedores de globalización –de Seattle a Génova– tienen el eco polvoriento de un deja vu sin gracia. Luchar contra la globalización a inicios del siglo XXI es tan irreal como luchar contra las máquinas a final del XVIII. Y tan estúpido. Eso a lo cual alude el metafórico semantema globalización, no es otra cosa que el extinguirse de la forma nacional del capitalismo: aquella que se inició en las últimas décadas del siglo XVIII y que puede darse por cerrada en el tercio final del XX. Manifestarse contra ella es como bailar la danza de la lluvia en pos del mago empenachado o sacar al santo a pasear, cura y sotana al frente, en tiempo de sequía: una sandez. Además, algo peor: un suicidio. La extinción de la forma nacional del capitalismo nada tiene de indeseable. Lo indeseable, mientras no se demuestre lo contrario, es la nación, sus liturgias identificatorias, detrás de las cuales apunta siempre la muerte. ¿De verdad, al cabo del drama anacrónico-nacionalista que, de Kósovo al País Vasco, ha conmovido a Europa, puede haber alguien tan tonto o tan malvado como para lamentar la extinción de las fronteras nacionales?
“Contra todos los moralismos y las posturas del resentimiento y la nostalgia, debemos decir que estos nuevos tiempos nos proveen de mayores posibilidades de creación y liberación” de cuantas jamás hayan sido posibles. Lo formulan Hardt y Negri en un libro académico, extraño y antiutópico, editado por la Universidad de Harvard y convertido en el best seller político de los últimos meses en Estados Unidos. Se llama Imperio.

Los destructores del imperio
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