La reacción que ha tenido el Gobierno no ha sido buena. Quizá ha sido políticamente correcta o, mejor dicho, conveniente. Pero, sinceramente, no ha sido buena. Es cierto que la crisis de Gescartera no afecta directamente al Ejecutivo. También lo es que ya ha dimitido un secretario de Estado. Pero no es simplemente eso. El aire de suficiencia, de estar por encima del bien y del mal, que han mantenido y mantienen durante toda esta crisis los ministros de Economía y de Hacienda no es algo que pueda fortalecer la confianza ciudadana en este asunto. Desde el Gobierno, más concretamente Rodrigo Rato y Cristobal Montoro, se ha insistido en todo momento en que esta crisis es un asunto de particulares. Es algo, dicen, que en todo caso no esconde ningún entramado serio y preocupante.
Los días pasan y la cuestión parece muy diferente. El escándalo de Gescartera va en aumento. Las cifras de dinero invertido son cada vez mayores, la lista de nombres implicados no se cierra, importantes instituciones aparecen y desaparecen de este culebrón, hay nombres conocidos del entorno popular y es evidente el uso de reclamos y anzuelos hacia los inversores. En definitiva, se trata de una trama oscura de un “chiringuito” financiero en la que el Gobierno no tiene implicaciones directas, pero que ha crecido y se ha desarrollado a la sombra del poder.
Es esta la razón que debería de poner en guardia a los dos ministros afectados. Rato y Montoro han insistido en sus declaraciones, por activa y por pasiva, afirmando que no hay que asustarse, que está todo bajo control. Pero los días pasan y el entramado que existía bajo el epígrafe de Gescartera no tiene final. Ambos miembros del Gobierno pueden mantener sus actitudes de aparente tranquilidad. Pero, para empezar, ya les ha dimitido un secretario de Estado, la primera dimisión por corrupción en la época Aznar. Sorprende que mantengan esa actitud lejana y desapasionada a la crisis. Cuando la experiencia dice que todavía no conocemos ni la mitad de la mitad.
Quizá seria más prudente hablar de investigación, de clarificar todo hasta el final, de elaborar nuevas medidas para que esto no vuelva a pasar. En definitiva, llama la atención que Rodrigo Rato y Cristobal Montoro no hayan cogido el toro por los cuernos. Aunque la anunciada comparecencia de Rato podría aliviar esta impresión si es que se produce de inmediato. Gescartera no es un escándalo más. Dejar pasar el tiempo y mirar hacia otro lado es, así se ha demostrado siempre, muy peligroso. Y más cuando Gescartera, eso ya es evidente, se ha aprovechado del poder haciendo negocio por estar a su sombra. Lo más preocupante es que no aprenden. No tienen más que mirar a los bancos del PSOE en el Congreso para sacar en claro alguna consecuencia del pasado.

A la sombra del poder
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