No está la diferencia en la cualificación técnica del armamento. Es verdad que los cócteles Molotov con ácido (cócteles-napalm se llamaron en su origen) son tan viejos como el final de los sesenta. Y que se usaron –nunca contra personas, que yo recuerde– en los años más duros del movimiento estudiantil contra el franquismo. Es cierto que eran una salvajada entonces. Pero aquella salvajada, comparada con las sesiones de tortura de la Brigada Social en los sótanos de Sol, era una broma.
No. No está la diferencia jamás en un aspecto técnico o logístico. A final de los sesenta se luchaba cruelmente contra una dictadura de crueldad infinitamente más alta. Pasó aquello. El mundo de ahora está muy lejos de parecerse a la sociedad racional y, en lo posible, libre y feliz que soñábamos algunos. Sabemos, esos algunos, que nuestra lucha sólo acabará con nuestras vidas. Que el mundo seguirá siendo en lo esencial irreparable. Y seguiremos luchando, porque sólo en la negativa a aceptar lo odioso hay un hálito de belleza.
Sabemos, sobre todo, que cada tiempo exige de nosotros un combate diferente. Y que lo que es moralmente amargo pero justo en tiempos de dictadura, se convierte en inmoral –y, más aún, enfermo y feo– cuando un marco de garantías jurídicas –por inacabado que sea– es puesto en juego.
No. La estúpida Kale Borroka (versión vasca de la hiperreaccionaria Intifida musulmana) nada tiene que ver con radicalismo alguno de los sesenta. No había un solo grupo de la extrema izquierda europea que no fuera intratablemente antinacionalista. Y todas las tentaciones de arremeter a palos contra sistemas constitucionales de corte parlamentario acabaron –no podía suceder de otra manera– en suicidio.
Sé, claro está, que tan mentira era la febril exaltación revolucionaria de entonces como este átono desmigar sueños de ahora en las pálidas sociedades europeas. Y que hay menos dolor en esto. Aunque también, quizá, perfecta ausencia de placer. Puede que aprendan otros a vivir sin aventura. A mí, como al Rimbaud de hace ya un siglo y pico, este “haber visto todo”, este haber todo sabido mucho antes de que comenzara a repetirse como un grasiento carrusel de feria, se me hace, en rigor, poco vivible. Nosotros, los bibliómanos, sabemos hasta qué punto la invitación al viaje del Rimbaud que evoca a Baudelaire era ilusoria. Al final de todo viaje extraordinario –escribe Borges, que de esa ausencia de épica hizo literatura–, la memoria del que vuelve no es más que “un espejo de íntimas cobardías”. La de haber vuelto, la primera.
Sé que es contra la resignación ya contra lo único que lucho. Y que la resignación primera es la de la muerte. La anacrónica, resignada sangre de la Kale Borroka.

La anacrónica sangre
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