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El negocio de matar

Todas las encuestas lo dicen: el terrorismo es una de las grandes preocupaciones de los españoles. Ese terrorismo, en España, tiene unas siglas crueles. ETA mata y sólo sabe matar. Pero es también algo más. Aunque desde el nacionalismo vasco se haya intentado dibujar a la banda terrorista como un puñado de amigos, como unos trasnochados utópicos, como, simplemente, unos descontrolados, ETA es algo más, es mucho más.

La banda criminal se ha convertido en una maquinaria de matar. Es el negocio de la extorsión y el asesinato. Es una fábrica de asesinos a sueldo. Pero sobre todo, es un camino sin retorno. El joven vasco que decide entrar en los círculos radicales emprende un camino sin salida. No le dejarán abandonar la banda porque funciona igual que una secta. Pero, sobre todo, tendrá asimilada una forma de vida incompatible con la sociedad normal. Una vez que ese joven haya dado el paso definitivo, no sabrá salir del laberinto en el que ha sido introducido. Su forma de vida se convierte automáticamente en el asesinato. Llega un momento en el que ya no sabe hacer otra cosa, por lo que se quedará encerrado para siempre en una banda terrorista que sabe perfectamente que el que entra, ya no saldrá jamás.

ETA, pues, no ofrece alternativas. No existe margen para la duda. No hay motivo para la ingenuidad. ETA está dónde está por una sola razón: el poder político en el País Vasco lo ha permitido.

La presencia etarra en muchos círculos de la sociedad vasca, el ambiente radical en muchos lugares de la geografía vasca, el extremismo en la forma de pensar de muchos ciudadanos vascos tiene el origen en la poca claridad y en la nula eficacia con la que, desde hace años, el nacionalismo vasco ha luchado contra el terrorismo. Ha dejado hacer, ha permitido actuar, ha cerrado los ojos en situaciones límite, ha abierto las puertas de “ikastolas” y centros públicos para que la doctrina etarra impregnara a muchos jóvenes vascos. Y ahora, años después, están recogiendo los frutos de sus errores.

Es verdad que la reciente operación antiterrorista de la Policía Autónoma vasca abre la puerta a una cierta esperanza. Pero también es cierto que le ha faltado tiempo a Javier Arzalluz, para negar cualquier tipo de colaboración con las Fuerzas de Seguridad del Estado. Es la estrategia de siempre: la de las dos caretas, la de la esquizofrenia permanente de los nacionalistas. Esa doble personalidad, ese carácter huidizo e incoherente, facilita que ocurra lo que está ocurriendo.

En el día a día, en la marcha cotidiana del País Vasco, existe una actitud de consentimiento del poder político hacia el mundo etarra. El Gobierno vasco sabe y conoce que ETA es una autentica máquina de matar con mucho dinero de por medio. También sabe que ETA es algo más que un grupo de amigos independentistas. ETA es una truculenta estructura de terror. Y son los propios nacionalistas, agarrotados por ese terror, los que no quieren desmontar una maquinaria que, con el tiempo, puede paralizarlos a todos.

El nacionalismo no puede mirar hacia otro lado. Los terroristas están ahí. No aceptarlo es permitir el deterioro político y social del País Vasco.

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