Con la visita de Aznar a Quintanilla de Onésimo, comienza de forma efectiva el curso político en España. Una vieja costumbre del que fue presidente de la Junta de Castilla y León, que quedó establecida con su llegada a Moncloa. Comienza un curso político importante, incluso se podría catalogar de decisivo: por la intensidad de la agenda prevista y porque es el último año que tiene el Gobierno para hacer cosas. El 2003 serán las elecciones municipales y autonómicas y el 2004 el año de las generales. Este curso político 2002-2003 queda, con la salvedad de las gallegas, como un año de trabajo real y efectivo.
El calendario para el presidente del Gobierno es muy intenso. Destaca la cita en México, el próximo mes de noviembre, cuando será elegido líder internacional del Centro Reformismo, la histórica IDC. Luego llegará la Cumbre Iberoamericana en Lima, los Consejos Europeos, las giras por los países candidatos a la Unión Europea, la presidencia española de la UE con sus cumbres respectivas, la puesta en marcha del Euro y un largo etcétera de viajes y giras por medio mundo. Como ven, agenda intensa y muy internacional, que tiene en el Congreso del PP del mes de enero, la referencia nacional de mayor relieve. Un año de muchos “saraos” y buenas imágenes para el álbum de fotos. Mucho ruido, que en ningún caso debería servir de refugio para el presidente del Gobierno. España sigue existiendo y debería ser la gran prioridad.
José María Aznar, los que trabajan con él lo dicen, es un hombre de ideas fijas y de planes intocables. Lo que está previsto no se toca por nada del mundo. Él tiene su agenda, y esa agenda nadie la cambia. Esa estrategia, que para algunos asuntos puede ser útil e interesante; ofrece un grave inconveniente: crea a su alrededor un ambiente permanente de inseguridad, de miedo, de falta de confianza. A todo esto hay que añadir que sigue pendiente la designación de sucesor, por lo que todo se enrarece mucho más. Nadie habla, nadie sugiere, nadie se mueve. Nadie quiere ser inoportuno. Todos se agarrotan.
Esta forma de ejecutar la política transmite un exceso de personalismo que va diluyendo un programa electoral cuya virtud conistía en ser una oferta para España lejos de los errores del pasado. Aznar tiene su agenda, pero esa agenda no debería ser intocable. Esa actitud, que en ocasiones parece más un juego, transmite una situación de inmovilismo, que es la que invade hoy al Partido Popular. El pasado año ha sido un claro ejemplo: vacas locas, “Tireless”, elecciones vascas o Gescartera. Todos quietos. Nadie toma una iniciativa. Nadie mueve un dedo hasta que no habla el presidente. Él decide lo que toca y lo que no toca. Con el reciente escándalo Gescartera se ha visto ese inmovilismo con absoluta claridad. Todos han marchado al son de lo que ha marcado Aznar, y eso ha provocado que algunos dirigentes populares hayan tenido el “papelón” político de decir cosas diametralmente distintas en cuestión de días. Todo debido al cambio de directrices que llegaban desde “arriba”, y que nadie explicaba. Ha sido la recuperación de la actitud del “ordeno y mando”.
Con el comienzo del nuevo curso, el Gobierno y el PP deberían anotar un defecto del pasado. Han demostrado una lamentable incapacidad de reacción ante las novedades no previstas, una imposibilidad manifiesta de saltarse el guión preestablecido, una pérdida progresiva de la frescura que en otros momentos el PP ofrecía a los ciudadanos.
El verano habrá dejado en el presidente y en sus colaboradores muchas horas de reflexión, de análisis de lo sucedido. Ellos dicen que todo va bien, pero saben que no es cierto, y que es difícil que la maquinaría vuelva donde estaba hasta que no quede despejado el interrogante de la sucesión. Además, se pongan como se pongan, hay ministros que no funcionan y mantenerlos en el puesto comienza a significar un grave deterioro para todo el Ejecutivo. Quizá al presidente le gustaría seguir con el mismo Gobierno, por aquello de que los cambios significan fracaso en la elección. Pero es que, aunque no le guste al presidente Aznar, a veces, aunque “no toque”, las circunstancias exigen cambios de planes. Esa capacidad de reacción, ese margen para el reajuste es la frescura de la política, y también de los políticos.

"Ahora no toca"
En Portada
Servicios
- Radarbot
- Curso
- Inversión
- Securitas
- Buena Vida
- Reloj Durcal