No es tan sólo el dinero de Bin Laden. Aun siendo mucho. Ningún capital individual podría, por sí sólo, poner en funcionamiento una máquina militar de la envergadura de ésta, que constituye hoy el disperso ejército secreto del integrismo islámico. Se requiere un presupuesto nacional para eso. Equivalente al de una potencia, económica y militar, de primer orden.
La financiación del, entonces aún germinal, brazo armado del Islam se inició mediados los años sesenta y bajo estricto chantaje. Tras la derrota de las potencias árabes en su segundo asalto para arrojar a los judíos al mar, la guerra de los seis días dio paso a una hipótesis terrorista sin precedente histórico. A Arafat corresponde haber puesto en pie un ejército difuso, que golpease a personas e intereses que el jefe guerrillero considerase contrarios a su movimiento. En cualquier punto del planeta. Con una crueldad hacia la población civil jamás antes conocida. Las trincheras de la guerra fría favorecían su proyecto.
Una red mundial de asesinos requiere logísticas descomunales para su buen funcionamiento. Dinero. Y el dinero estaba ahí. A dos pasos. Bastaba con cogerlo. Paga o muere. Los saudíes y los emires del Golfo se plegaron al chantaje. El petróleo árabe financió suntuosamente los presupuestos del que iba camino de convertirse en el tercer ejército del mundo: el invisible.
Poco a poco, a Arafat le surgieron competidores. El integrismo islámico –suicidamente utilizado como perro de presa por soviéticos y americanos en los años 80– se fue convirtiendo en la unidad de élite de los ejércitos de Alá. El final de la guerra fría, en 1989, hubiera sido la ocasión para sacrificar a la bestia con un coste aceptable. Ahora, habrá que hacerlo de todos modos. Pero todo el mundo sabe cuan alto será el precio.
Liquidar a Bin Laden y a sus hombres –esa especie de unidad de operaciones especiales del ejército islámico– está bien y es lo más urgente. La tarea de desarmar a los caudillos múltiples del ejército secreto, habrá de ser tarea larga y paciente. Pero nada habrá cambiado de verdad mientras el control del petróleo del Golfo no haya sido arrebatado al puñado de emires corruptos y sanguinarios, a cuya costa viven los terroristas genocidas del Misericordioso.

El ejército del petróleo
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