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Rato sabe lo que hace

Pensar que la intervención de Rodrigo Rato, en la sesión de control al Gobierno del pasado miércoles, fue producto del nerviosismo, es simplificar demasiado la realidad del Partido Popular. Para empezar, no puede pasar inadvertido que el vicepresidente segundo del Gobierno llevaba el texto escrito, llevaba los datos preparados en unas fichas. Es decir, Rato tenía elaborada la respuesta, independientemente de la pregunta del PSOE, la había diseñado bien, consciente de la repercusión política y mediática que iba a tener.

Rodrigo Rato está harto de ser el único que está llevándose todas las bofetadas por el escándalo Gescartera. Se siente solo y abandonado. Aznar, aunque le ha defendido públicamente cuando no ha tenido más remedio, se ha lavado las manos. Rajoy, Cabanillas o Lucas también han desaparecido del mapa para evitar cualquier rastro de desgaste. El único que defiende a Rato ha sido Javier Arenas, una defensa en público, demasiado efusiva, sabiendo que de esa forma se abre una puerta para la sucesión.

Rato está cansado de la “espantada” de sus compañeros de Gobierno y de Partido, y el miércoles decidió dar un toque de atención. Rato era consciente de la respuesta y de sus repercusiones. Ha provocado el enfado de los socialistas, pero, sobre todo, el asombro entre los populares. ¡Con qué cara se quedaron Javier Arenas y Luis de Grandes, cuando escucharon la dinamita que estaba lanzando Rato sobre el pacto de la renovación de cargos institucionales! Sabía lo que hacía y lo hizo a conciencia.
Pero no nos engañemos, Rato, diciendo lo que dijo, estaba enviando un “mensaje” a su propio “jefe”. Rato escenificaba en público, la primera gran división interna del PP, desde que llegaran al poder. Ha intentado demostrar que no tiene miedo a nada y a nadie.

Repitiendo la misma estrategia de hace unos meses cuando se desmarcó de la sucesión, Rato ha recordado a Aznar que él no es uno más, y que no está dispuesto a morir mientras que otros recién llegados se aprovechan de su caída. Su crítica al PSOE, lo es al PP y al presidente del Gobierno, que, al fin y al cabo, han permitido conscientemente esa política de amiguismo al aceptar las condiciones de los socialistas.

Rato no está dispuesto a quedarse en el camino como culpable de Gescartera, mientras los suyos lo observan desde la distancia. Está dispuesto a jugar hasta el final. El pulso está servido.

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