La verdad es que estamos deseosos de ver a los valientes marines estadounidenses izar su bandera de barras y estrellas sobre algún bunker de Ben Laden. Estamos impacientes por presenciar, con la ayuda de la CNN, cómo los terroristas internacionales tiran sus kalashnikov a los pies de los oficiales aliados. Y tampoco nos será desagradable ver al terrorista número uno, vestido de traje color naranja y esposado, en una de las cárceles americanas.
Pero lo que no nos gusta nada son los imágenes de los llamados “daños colaterales” de la operación estadounidense. Es decir, no nos gusta la muerte de inocentes civiles, especialmente niños y mujeres que, al parecer, son hasta el momento los únicos que pagan por los crímenes cometidos el pasado 11 de septiembre. No nos gusta, porque apoyamos la operación estadounidense y esto nos hace sentir cierta responsabilidad por lo que pasa en Afganistán. Comprendemos que las tecnologías más sofisticadas a veces fallan y que las víctimas “colaterales” son inevitables, pero ¿hasta qué punto?
A lo largo de esta última semana las agencias internacionales han informado, en varias ocasiones, sobre el comienzo de la operación terrestre. Una operación de comandos que buscarán y desarticularán los nidos del terrorismo. Libertad Digital ha saludado el presunto comienzo de esta acción, la única justa y eficaz en la lucha contra el terrorismo.
El jarro de agua fría ha sido la última noticia de la NBC de que los bombardeos van a seguir, por lo menos, un mes más. ¿Para qué? ¿Para que los talibán y los terroristas de Ben Laden engorden con los víveres que les lanzan desde los aviones? ¡Dese prisa, mister Bush! Hasta los rusos, que no tienen detrás de sus espaldas 200 años de democracia, tuvieron que dejar de bombardear Chechenia, bajo presiones internacionales, por los “daños colaterales” y arriesgar más la vida de sus soldados.

¡Dese prisa, mister Bush!
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