El guión lo desveló el lunes Pilar Navarro (“Piluca”) y lo ha interpretado este martes Felipe González. Sin levantar la voz y con dominio del medio, el ex-presidente ha conseguido “colocar” su mensaje en la Audiencia Provincial de Madrid. Sin mirar a los acusados, sin saludarles ( ni al entrar ni al salir) Felipe González ha representado su papel de hombre de Estado: lamenta el daño hecho a sus cuatro colaboradores –excluye a Sancristóbal– pero lamenta mucho más el daño que este juicio ha causado a la Seguridad del Estado. Habla de repúblicas bananeras mientras recuerda sus viajes por el extranjero y su conocimiento profundo de otras culturas: habla de Francia, de dictaduras o de Gran Bretaña...
Ante preguntas incómodas, el hombre de Estado recurre a los tiempos de la UCD y a sus largas conversaciones con Calvo Sotelo. Relaciona los gastos de los fondos reservados de Presidencia con los gastos que acarrean los ex-presidentes de Gobierno. Felipe González no puede rectificar a su secretaria Pilar Navarro, pero se pregunta en voz alta quién se creería que una secretaria pudiera decidir las partidas de los fondos reservados. Ruiz Mateos por fin ha mantenido su cara a cara con el hombre de Estado; pregunta por el uso irregular de esas partidas presupuestarias y enseguida salta el presidente del tribunal calificando la pregunta de impertinente.
Tampoco es cómodo para Felipe González recordar, a preguntas del mismo abogado de Ruiz Mateos, que uno de sus hombres –ahora en el banquillo– un día le comparara con Moisés. El hombre de Estado no se lo reprocha porque ese colaborador suyo es básicamente bueno. El hombre bueno mira al suelo, mientras el ex-presidente lamenta, y mucho, que no pueda proporcionar detalles de los fondos reservados porque, como su nombre indica, exigen opacidad. El abogado de Sancristóbal, Stampa Braun, lo lamenta mucho más. El hombre de Estado abandona la Audiencia Provincial volando desde su coche de cristales tintados. En tierra quedan el hombre bueno y sus compañeros de banquillo. En la sala no cabe un alfiler.

El hombre de Estado
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