Idéntica legitimidad a la exhibida por Estados Unidos para dar adecuada represalia militar a los atacantes de las Torres Gemelas asiste a Israel para aniquilar a las fuerzas militares que, bajo cobertura de la llamada “Autoridad Palestina” —esto es, la cúspide de la pirámide terrorista acaudillada por el asesino Arafat—, despliegan, desde la impunidad, indiscriminados asesinatos sistemáticos contra la población civil judía. Es ése un axioma indiscutible. Enfatizado por el propósito último de los terroristas, sin comparación más grave que la matanza neoyorkina: arrojar a la población israelí al mar.
Plantear que Yassir Arafat ponga coto al salvajismo islamista es peor que una ingenuidad. Es un error político rayano en el suicidio. Arafat no es un “tercero” en el conflicto. De los terroristas abatidos por las fuerzas israelíes o despedazados por sus propias bombas desde el inicio de la Intifada, un porcentaje importante estaba compuesto por miembros de la policía palestina, otro por los militantes del Tanzim, brazo armado de Al Fatah, organización cuyo Jefe Supremo es Arafat mismo; otro más lo constituían militantes del FPLP, grupo terrorista integrado en la OLP que Arafat preside. A fin de cuentas, sólo un pequeño porcentaje de los asesinos palestinos de este último año y medio esta en rigor formado por militantes de Hamas, Yihad y los otros grupos propiamente islamistas. Su dinamita y sus kalashnikov están pagados con el dinero de las generosas (tanto como estúpidas) ayudas caritativas de la Comunidad Europea.
Si a eso se añade que, en el momento en que Arafat procedió a la voladura de las negociaciones de paz con Barak, la mayor parte de los dirigentes integristas estaban encarcelados y que la primera represalia tomada contra Israel por el rais fue precisamente la de liberar a toda esa patulea de asesinos delirantes al servicio del bestia de Alá, la cosa se trueca en aún más grave.
En Palestina, desde hace ya más de un año, se asesina con el consentimiento militante de Arafat. O bien con orden directa suya.
A fin de cuentas, Israel debe replantearse su equivocado cálculo acerca de Arafat. Durante décadas, su mérito —ser el más corrupto de entre los dirigentes palestinos— fue considerado por la inteligencia israelí como baza a su favor: es más fácil negociar con un asesino corrupto que con un asesino religioso. Eso salvó la vida de Arafat durante más de tres décadas. Y le permitió embolsarse, junto a los de su familia y clan, el más sustancioso pellizco de las volatilizadas ayudas humanitarias europeas. El cálculo era indecente. Ahora, además, se muestra inútil. E insoportablemente peligroso. Atrapado en su propia retórica, Arafat no tiene ya más salida que la de montarse en las formas más delirantes del terror islamista.
Nada se puede obtener de un asesino sin escrúpulos y que, además, ninguna contención puede imponer a sus secuaces más delirantes. El tiempo de Arafat ha terminado. Como el de Bin Laden. Liquidar al uno y preservar al otro sería el peor suicidio.

No más Arafat
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