Lo que tenía que pasar pasó: a las ocho semanas exactas de comenzada la campaña estadounidense, el régimen talibán se ha hundido. La caída de Kandahar –que se ha negociado porque al fin y al cabo, es una guerra afgana y allí se compra y se vende todo, incluso las derrotas– es el último eslabón importante del desmoronamiento de los fundamentalistas.
Pero esto es sólo parte de la guerra. Washington la comenzó para desarticular la estructura terrorista del Afganistán y también para capturar o matar a los principales responsables de las organizaciones terroristas, comenzando por Ben y su consuegro, el mulá Omar. Y esto, que el Gobierno estadounidense ha recordado que no es materia negociable, está aún por hacer.
Paradójicamente, esta segunda parte resulta mucho más difícil. Siempre lo fue técnica y psicológicamente, porque se trataba de buscar una aguja en un pajar. Pero ahora va a resultar también más difícil políticamente porque los EE UU ya han recibido la factura de los “señores de la guerra” por imponer una solución “americana” a la conferencia de pacificación celebrada en Bonn.
En aras de una estabilidad por ver y un equilibrio inverosímil a los ojos de todos menos de los mediadores occidentales, Washington impuso en la ex capital alemana unos nombres y una hoja de ruta que perjudicaba mucho los intereses de algunos de los protagonistas de la Alianza del Norte, concretamente del miembro más importante, el general uzbeco Dostum.
Y si ahora Ben Laden va a tener un aliado inesperado, su caza se hará mucho más difícil... o mucho más cara. Para Dostum, los 25 millones de dólares de recompensa para la cabeza de Ben Laden son poco menos que nada frente al ministerio afgano de Exteriores que quería y le negaron los norteamericanos en Bonn.
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