El Pentágono y sus analistas cometieron sin duda un grave error al cifrar el éxito de la operación militar en Afganistán en la localización, detención o eliminación de Ben Laden primero y, ahora, del “mulá” Omar, su amigo y colaborador, “emir” de los talibanes y principal ideólogo del régimen islamista.
Si cualquiera de los dos caía en las redes de los marines o de la CIA desplegadas en todo el territorio afgano y sus vecindades, la operación constituiría un éxito de cara a los medios occidentales y especialmente americanos; si ninguno de los dos era detenido, juzgado o eliminado, la guerra contra el terrorismo islámico y sus redes en todo el mundo habría fracasado, al menos en su primera instancia.
Error de cálculo, pero también objetivo improbable porque ambos sujetos y sus colaboradores asumieron desde el principio la huida como prioridad principal desde que se inició la caza del hombre o del “mulá”. Omar o Laden esposados serían un símbolo letal para quienes los admiran o siguen en el mundo.
Afganistán es un país inmenso que arrastra muchos años de guerras fratricidas, invasiones foráneas y conflictos tribales. Las comunicaciones son pésimas, la orografía escarpada, el invierno incomunica durante largos meses zonas extensísimas y las fronteras con ocho países son simbólicas y extremadamente permeables.
En esas condiciones encontrar el rastro o el escondite de ambos compadres roza el milagro, pese a los medios sofisticados puestos en marcha por la coalición occidental y las recompensas ofrecidas.
El problema estriba en que si, a pesar de tantos satélites de observación, bombas inteligentes y aviones husmeadores, los marines y sus colaboradores locales son incapaces de echarle el guante a Laden y Omar, ante la opinión pública nacional e internacional la operación habrá concluido con un chasco para las tropas del imperio pese a los brillantes resultados logrados sobre el terreno y la derrota en todos los campos del régimen talibán.
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