El autor americano Cormac Mcarthy es conocido entre nosotros por su Trilogía de la frontera (Todos los hermosos caballos, En la frontera, Ciudades en la llanura), en la que traslada los rasgos morales o psicológicos del western al Oeste contemporáneo, siguiendo la renovación de un género inevitablemente crepuscular, que sobrevive en ecos dispersos.
En Hijo de Dios, su última novela, en vano buscaremos --más allá de los escenarios naturales del este de Tennessee-- los elementos arquetípicos del western, ni siquiera aquellos que se han trasladado modernamente a la novela negra. Hijo de Dios sobrepasa cualquier interpretación historicista o mítica de la frontera americana y nos coloca, desnudos de cualquier andamiaje en que apoyarnos, ante un personaje atroz, Lester Ballard, y los sucesos que rodearon su vida.
El relato se mueve en círculos concéntricos en torno a un lugar, Frog Mountain, donde comienza el destierro de este joven inadaptado y solitario, al que despojaron de sus tierras. Acompañado de su rifle, “como si fuera algo de lo que no pudiera librarse”, rumia su furia y su locura mientras acecha a sus posibles víctimas. Su continuo deambular lo lleva, cada vez más lejos, a las entrañas de la tierra, laberínticas cuevas que lo acogen como “las vísceras de una bestia gigante”. En el camino queda el relato de sus atrocidades, tan terribles que no podrían ser aquí consignadas; tan fríamente expuestas por el narrador, que nos sentimos tentados a apartarnos del libro. Ha de haber un sentido, nos decimos, y es entonces cuando nos acordamos del título y, más aún, de las palabras con que se nos presentaba el personaje, aún sin nombre, en la primera página: “Un hijo de Dios, más o menos como tú”.
No es pues el principio lo que le interesa al autor, a pesar de que la primera de las tres partes en que se divide la novela puede servir de inconexa explicación, casi naturalista, de la degeneración de Lester Ballard. Es el resultado, un rencor metafísico y una ironía que nos iguala a todos. ¿Acaso no fuimos creados a imagen y semejanza divinas? Explorar en negativo esa semejanza guía, por caminos alucinados, los círculos de la historia, que se adentran cada vez más en la naturaleza. También Dios creó, en uno de aquellos días, la tierra, y vio que era buena. Pero aquí el paisaje es nieve y hielo, ríos de desechos y espacios de muerte que arrojan de sí al protagonista.
Al final, Lester Ballard debe volver al sitio de donde partió, pero no como una expiación, sino porque oscuramente sabe que su tiempo se ha cumplido. Salió de Dios, ¿adónde vuelve? En la metáfora de la disección de Lester a manos de los estudiantes de medicina creemos ver la búsqueda de aquélla llama última en la que se cifraba la comunión con la naturaleza divina. Pero detrás de tejidos, músculos y huesos no existe nada. Ni siquiera la huella de un horror diferenciador: “los cuatro estudiantes que estaban inclinados sobre él (...) quizá vieron monstruos peores en sus configuraciones”.
No es Hijo de Dios una lectura suave, no alegraría nuestras vacaciones. Pero es uno de esos libros que nos asoman al borde quebrado y oscuro de nuestro ser, allí donde brotan las preguntas que nadie contestará.
Cormac Mccarthy, Hijo de Dios, Editorial Debate, S.A., Madrid, 2001.
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