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José Apezarena

Príncipe mal educado

Educar a un Príncipe es una de las tareas más trascendentales que en la antigüedad se podía encomendar. Y no es un asunto sencillo. Nombres eximios como el Infante don Juan Manuel, Diego Saavedra Fajardo, Erasmo de Rotterdam, Santo Tomás de Aquino y un largo etcétera, incluyendo a Maquiavelo, estudiaron en profundidad esta difícil cuestión, a la vez que asunto trascendental para el Reino, que se jugaba mucho en el buen término de esa tarea. El nombramiento de preceptor del Príncipe era un alto honor, pero además una pesada tarea, por las inquietudes que llevaba consigo. Alejandro Magno fue educado en la corte de Macedonia por un reducido grupo de personas, bajo la tutela de algunos sabios, como Aristóteles.

En el pasado, la educación del Heredero se dejaba en manos de un Preceptor, que respondía ante el Monarca. No ocurre así ahora. En estos tiempos, los Reyes, los Príncipes, no pueden dejar en manos de otros la tarea de enseñar, preparar y educar a sus hijos. Es uno de sus principales cometidos, en el que deben implicarse a fondo, y al que tienen que dedicar tiempo, cabeza y corazón. Requisitos absolutamente imprescindibles, para que llegue a buen puerto tal intento.

No es suficiente, sin embargo, todo eso. Además, hoy se educa con la propia vida, con el ejemplo, con lo que uno hace y vive. Y aquí es donde se juega lo más delicado de la educación de un —en este caso— futuro Rey. Si el padre no puede presentar una ejecutoria íntima digna de imitación, malamente producirán efecto los discursos, sermones o reprimendas.

Viene todo esto a cuento de un pobre chaval llamado Henry, hijo menor del heredero de Inglaterra, Carlos de Gales. El muchacho ha tenido varios serios episodios con el alcohol y la marihuana. Ha sido vetado en un pub por protagonizar broncas, avergonzó a su hermano emborrachándose en una cacería y se le ha visto ebrio lanzando botellas contra escaparates. El Príncipe, pues, está mal educado y es, además, un maleducado. Henry es responsable de lo que está haciendo. Pero también es responsable —¿culpable?— el terrorífico entorno familiar que le ha rodeado. Y, por supuesto, su padre.

Este artículo se publica en la Revista del Fin de Semana de Libertad Digital. Si quiere leer más, pulse AQUÍ

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