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José Apezarena

Miguel, quinto y octavo

Miguel Urdangarín Borbón, recién venido al mundo, el tercer hijo de la Infanta Cristina y tercer "catalán" de la Familia Real española, es también el quinto y el octavo. El quinto nieto de los Reyes y el octavo en el orden de sucesión a la Corona. Para él, por tanto, el Trono se encuentra bastante lejos. Lo cual no obsta para que nos alegremos de su venida al mundo.

Ha sido otro nacimiento inesperado. Me refiero a cuál iba a ser el sexo (¿o habrá que decir el "género"?) de la criatura. Porque sus padres, como en los tres anteriores embarazos, han preferido no conocerlo anticipadamente y apostar por la sorpresa. De nuevo, chico. ¡Y decían que los borbones suelen tener pocos varones! Eso no cuadra con esta generación, en la que, de cinco vástagos, cuatro son chicos y solamente una niña, Victoria Federica, hija segunda de los Duques de Lugo.

La Infanta Cristina, la más independiente de los tres hijos de los Reyes, la más decidida, está dispuesta a ir a su aire también en esto de la maternidad, y ya ha logrado familia numerosa. En eso se parece a los Urdangarín, que también son legión y forman un grupo enormemente unido. Y no creemos que la saga se detenga con el tercero. Pensamos que habrá un cuarto —o una cuarta, que quizá es lo que ya empiezan a desear— por lo menos.

La discreción de los Duques de Palma, su "normalidad", está empezando a contrastar con la excesiva notoriedad de los Lugo. Sobre todo en los últimos tiempos. Unas hazañas, sobre todo de Jaime de Marichalar, que empiezan a estar en las portadas de las revistas. Mal asunto. Hay quien cree que la publicación de esos reportajes tiene mucho que ver con el deseo de enviar un mensaje al afectado, con la intención de que rectifique cuanto antes. Ojalá.

Se ha hablado también de algunas distancias entre las Infantas. Se achicaron con motivo del grave episodio sufrido por el Duque de Lugo, y ahora la venida al mundo de Miguel podría servir otra vez para acercarles. Esas diferencias no deben existir, y —mucho menos aún— no pueden trascender.

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