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Aquellos años tan divertidos

Oigo la radio. Pienso, al principio, que es una broma. Una más, de otro entre los innúmeros imitadores que han acabado por ser más idénticos a los políticos españoles que los políticos mismos. Pero no. Esa caricatura de sí mismo que habla desde México es, de verdad, Felipe González. Un payaso es un payaso. Un demente, un demente. La voz que proclama acerca de un político (en concreto de Aznar, pero eso es lo de menos) que “es peor que malo, es aburrido”, no es la voz de un payaso. La de un imitador tal vez. Imitador de sí mismo. Del monigote en el que al fin se trueca todo sujeto empeñado en ser en cada gesto idéntico a la máscara en que hieratizó su rostro. A eso llaman demencia.

Sólo un sujeto desprovisto de hasta la última sombra de sentido ético o estético puede enunciar en público una salvajada así. Si la diversión prima sobre el frío rigor de verdad o inteligencia. Si ese “teatro odioso” del divertimento, del que dice Pascal que rige la odiosa servidumbre del hombre a la ignorancia, desplaza aun la añoranza de lo racional, ¿qué queda en la actuación de un político (de un hombre a secas), sino el capricho del propio placer impuesto a cualquier precio? El político que prima la diversión como criterio es el animal más peligroso que inventara el siglo XX. Su paradigma es –todo el mundo sabe eso— el autista placer del exterminio nazi: la arrogación de la absoluta potencia de jugar con el dolor del otro, siempre que ese dolor me resulte placentero. O, al menos, entretenido.

¿Se divertían los nunca identificados altos gerifaltes que, en los años omnipotentes de González asistían, en su secreto calabozo, a la inacabable tortura de Lasa y de Zabala? ¿Se divertían los energúmenos que les hicieron cavar su fosa, les pegaron un tiro en la cabeza a quemarropa, los rociaron generosamente con cal viva?

¿Se divertía el ministro Barrionuevo, se divertían los hombres que, por él mandados, secuestraron, y aterrorizaron con la certeza de su inmediata muerte, a un pobre anciano viajante de comercio, ajeno a aquella historia?

¿Se divertía Rafael Vera robando el dinero de los contribuyentes y manchándose generosamente –son palabras suyas— las manos “en sangre y mierda”, para mejor servicio de su cargo y sus ingresos?

Seguro que sí.

Secuestro, asesinato, robo. Años de GAL y González. Aquellos años tan, tan divertidos.


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