El alcohol es una droga. En botellón o en fino vaso de cristal bohemio. Si es que la palabra droga significa aún algo (a fuerza de usar un vocablo para todo, lo agostamos hasta dejarlo en poco más que residuo mustio). Y lo es en su acepción más restringida. Y, aun en ese territorio acotado de las químicas que inducen alteraciones perceptibles de consciencia, está el alcohol en la gama más grave. Sólo los opiáceos lo superan en su impositividad adictiva y en el rotundo deterioro al cual somete al organismo humano. Y ni siquiera los opiáceos suponen, en nuestra sociedad, un coste laboral y hospitalario tan alto. Ni comparable siquiera. Por número de muertes, como por número de afectados graves, el alcohol es la más devastadora de las drogas que afectan a la población europea. Sólo el tabaco se le acerca.
¿Por qué la asombrosa tolerancia social, entonces? Esa que nos hace repugnante el roce siquiera de un yonki y nos permite, con la mayor naturalidad del mundo, reír las gracias más cafres a un borracho. Integración colectiva, sin duda. El alcohol está asociado a todos los rituales sociales (desde los familiares a los festivos, pasando por los religiosos) del mundo occidental. No es nada original eso. No existe una sola sociedad humana —desde la forma tribal más primitiva hasta la tecnológicamente más refinada— que no codifique sus liturgias específicas de embriaguez. Para mejor tratar de acotar su riesgo y mejor regular sus virtudes sedativas o catárticas. El alcohol es nuestra droga. Y punto.
Porque ese es el último problema. La condición humana es, por esencia, sufriente. Son los hombres extraños animales: mortales y conscientes de serlo. La consciencia de la propia precariedad es algo terrible. Una lucidez perpetua, dentro de ese marco, es, en rigor, insoportable. Todo, en las sociedades humanas, está hecho para atenuar la angustia de esa amenaza que, sin embargo, no desaparece nunca. La angustia es la verdad única de lo humano, pero ningún ojo puede permanecer permanentemente anclado en el acecho de la angustia. Juego, entretenimiento, creencia y química articulan la batería básica de la sedación humana.
No soy prohibicionista. De ninguno de esos teatros (juego, entretenimiento, creencia, química) a través de cuya ficción suplimos una realidad difícilmente soportable. Sé, como sabe cualquiera, que el uso de todos y cada uno de ellos tiene un solo límite: la alteración del bienestar del otro.
Que muchedumbres fervorosas aúllen en un estadio sobre cuyo césped once sujetos teatralizan estrategias bélicas frente a otros once con un balón por medio, me es tan respetable como lo sea el silencio de aquella solemne biblioteca de la rue Richelieu, en París, donde no volveré a estudiar. Que esas muchedumbres ejerzan sus alaridos en la vía pública mientras despedazan a la Cibeles o a Neptuno, es ya otra cosa. Su derecho al regocijo entra en conflicto con el mío al sueño y a la integridad urbana.
Que muchedumbres tristes se atiborren de alcohol en sus domicilios o en los codificados (e insonorizados) templos que la sociedad prescribe para eso, me es igual de respetable. Siempre que sean adultos, por supuesto (pero eso es cosa de la ley que pena explícitamente la venta de esa droga a los menores). Que esas mismas muchedumbres trasieguen su alcohol y evacúen sus fluidos en medio de la vía pública, entra en frontal conflicto con mi muy elemental derecho al silencio y a la pulcritud urbana.
No hay sociedad que no huya de sí misma. A través de juegos, creencias, embriagueces. Al Estado sólo compete una cosa: que esos juegos, creencias y embriagueces tengan la precisa codificación que atañe al encierro en la esfera privada. No es distinguible, en rigor, un heroinómano de un alcohólico. Es distinguible el nivel de ruido emitido por un sujeto de consciencia alterada. Por cuál química, eso es sólo cosa suya.
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