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La islamización

No España. Europa se precipita hacia su conflicto más destructivo desde hace mucho tiempo, tal vez siglos. El primero que pone en jaque –ni siquiera el nazismo llegó a eso– los cimientos mismos de la modernidad, el concepto de modernidad. Más aún, el de Ilustración. Conflicto de religiones. No hay conflicto de ese orden que no sea guerra larvada y que no desencadene, al final, necesaria guerra abierta. Su salvaje anacronismo nos hunde, de momento (pero son ya varias décadas de emergencia del problema), en un estupor que augura pésimas estrategias de defensa. Tal vez, ninguna.

El problema (demográficamente empieza a serlo) se llama Islam. Y no es homologable con el de cualquier otra peculiaridad religiosa que haya proliferado sobre la Europa de los últimos cuatro siglos.

La modernidad europea se ha gestado sobre el progresivo desplazamiento de la religión hacia zonas replegadas de lo político. Y, en muy buena parte, las diferentes variaciones del cristianismo europeo son, hoy, más arqueología cultural que teología propiamente dicha. Su dimensión teocrática ha desaparecido, en todo caso, por completo.

Toda la legislación educativa (pero también la legislación general) se ha asentado sobre ese pacto implícito, que cierra los grandes conflictos político-eclesiales del siglo XIX: el Estado aconfesional se arroga la única representación política del ciudadano y garantiza, a cambio, su más amplia tolerancia al conjunto de unas creencias religiosas que, en mayor o menor medida, renuncian explícitamente a cualquier interferencia en la esfera de lo público. Es una mutua cesión regida por el imperio de una sociedad –la burguesa ilustrada— en la cual los valores de tolerancia aparecen como la más rentable de las garantías sociales. La raíz de eso hay que buscarla en un tratado del siglo XVII holandés: La balanza política, de Jean de la Cour, que formula su silogismo básico: las sociedades mercantiles basan su prosperidad en la ausencia de trabas al comercio, no hay peor traba para el comercio que la intolerancia religiosa, el Estado garantizará el libre ejercicio de cualquier religión que no excluya a ninguna otra. Y, por supuesto, proscribe cualquier religión que se declare en cruzada contra las otras.

La irrupción masiva del Islam en Europa es un dato nuevo. Monoteísmo en estado teocrático puro, ninguna legitimidad puede conceder el Islam a Estado alguno que no esté asentado sobre la Ley Coránica. Ninguna tolerancia hacia ninguna otra religión le es pensable, puesto que en guerra contra todo el universo infiel vive el musulmán piadoso. Los sistemas constitucionales, que garantizan igualdad universal de derechos al margen de creencia, son sencillamente blasfematorios. Pedir a un musulmán que los acepte es querer cuadrar el círculo.

La tolerancia religiosa de los Estados aconfesionales fue construida, en Europa, como contrapartida de creencias religiosas que aceptaban (en mayor o menor grado de tolerancia) la legitimidad de los sistemas democráticos. Aplicada al Islam sólo puede llevar a la catástrofe.

¿Estamos dispuestos a permitir que, en las escuelas europeas, el dinero de los contribuyentes pague a clérigos musulmanes que enseñen a los niños que la mujer no es sujeto pleno de derecho, que no puede litigar sin anuencia de padre o marido, que su valor jurídico podrá ser animal o sacral pero jamás humano?

El problema es que, en toda Europa, las tolerantes leyes, pensadas para regular la relación entre Estado y religiones tolerantes, no preveían esta posibilidad arcaizante de una religión de la guerra santa. Y que, de no haber un cambio fulgurante de legislación que prohíba inequívocamente cualquier tipo de enseñanza antidemocrática o discriminatoria en las escuelas, nos vamos a ver forzados a financiar lo más odioso: una superstición bárbara de mullahs que sólo aspiran a destruir lo único por lo cual vale la pena seguir viviendo, la razón ilustrada.


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