Ya ha conseguido lo que quería. Cuando aún faltan dos años para las elecciones generales, con Rodríguez Zapatero titubeante e incapaz de reorganizar un PSOE dinamitado por sus errores, cuando la vida ya de por sí se encarga de complicar la política, llega González y pone la guinda. Será quizá ese tono anarquizante del que hacía gala el que haya podido provocar la tormenta, será su rencor por aquellos que ya no le tienen en cuenta en su partido, será su envidia por la derrota electoral del 96 –que todavía no ha digerido–, será su permanente deseo de permanecer en la primera página de los medios de comunicación, será su vocación de llamar la atención a costa de lo que sea y de quien sea... Serán tantas cosas, todas juntas y destiladas con bilis, que el resultado final no ofrece dudas ni a propios, ni a ajenos.
Digan lo que digan el día después, y lo diga quien lo diga, Felipe González ha querido cargarse al último de los “relevos”. Y lo ha hecho a su estilo: tirando la piedra y escondiendo después la mano. Ahora parece como si todos los presentes en el acto del martes, incluidos los líderes de su partido, han interpretado mal el mensaje de González. “Todavía hay que demostrar que existe un proyecto”, dijo. Igual el revuelo entre los socialistas también es artificial y exagerado. Felipe González ha sido presidente del Gobierno durante trece años, además de secretario general de su partido durante más de dos décadas. Sabe de sobra que sus declaraciones tienen siempre proyección pública y repercusión política. No es nuevo en la plaza y, por lo tanto, conoce perfectamente cómo funcionan estas historias. No se pueden hacer unas afirmaciones con absoluta claridad y después intentar rectificarlas.
Ya es mayorcito; y lo dicho, dicho está. Es verdad que en la vida política se puede rectificar, pero eso significa reconocer un error y González no ha reconocido nada, simplemente, y como siempre, la culpa la tienen los demás porque le han entendido mal. El trabajo ya esta hecho. La bomba de relojería, colocada. González ha dejado claro que no confía en Rodríguez Zapatero. El numerito está montado y además no ha terminado. Suponemos que Felipe, desde su casa de Somosaguas, se reirá contento. De nuevo ha sembrado el pánico. Otro menos, pensará. Y ya van tres. Con Redondo Terreros, cuatro. A este paso, se va a quedar solo.

Otro al bote
En Portada
Servicios
- Radarbot
- Curso
- Inversión
- Securitas
- Buena Vida
- Reloj