Quienes –alarde de ingenuidad o de cinismo— exhiben hoy estupor ante la indolente manera en la que el magistrado Bacigalupo se embolsó 85 millones mediante hermética ocultación a la Hacienda pública olvidan lo esencial. O fingen olvidarlo. Lo esencial es que ese fantástico privilegio de cobrar medio kilo al mes de por vida como compensación de dos meses de trabajo fue obra de un peronista. No de uno cualquiera. Enrique Bacigalupo obtuvo esa fantástica gabela de la pensión exenta de tributo como altísimo (y brevísimo) funcionario de un gobierno, el de Héctor Campora, cuyos crímenes de Estado dejan pequeños a los de los años GAL-Glez. Y el peronismo –nadie puede poner en duda lo que es sólo un dato histórico— es –y es sólo— una forma política –fascista, of course— de gangsterismo. De ahí que fascinara tanto a los falangistas españoles de los años cuarenta. De ahí que fueran los más cavernarios de los jerifaltes franquistas quienes garantizaran el lujoso exilio en España del dictador derrocado y de su momia.
De su experiencia consular en la Italia de Mussolini obtuvo el coronel Juan Domingo Perón su aprendizaje básico: que era posible robar sin límite, siempre y cuando fracciones alícuotas del robo fueran magnánimamente repartidas entre los propios secuaces. De su experiencia consular en Italia. Y de la explícita doctrina de Adolf Hitler en 1934: “La brutalidad inspira respeto. ¿Por qué murmurar acerca de la brutalidad e indignarse acerca de las torturas? Las masas lo desean. Desean algo que les infunda el escalofrío del pánico… Yo concedo a los míos toda la libertad. Haced lo que se os antoje, pero no os dejéis atrapar. ¿O es que íbamos a sacar el carro del atasco para irnos luego a casa con las manos vacías? La consigna ¡Enriqueceos! tiene además una función educativa. Gracias a ella, dentro de la élite del partido, todos se hallan en manos de otros y nadie es ya dueño de sí mismo. He ahí el resultado apetecido de la consigna ¡Enriqueceos!…”
Enriqueceos. Para que un gangsterismo depredador pueda mantenerse en el poder se exigen tres cosas: discurso populista extremo, bandas bien pagadas, armadas y organizadas en sindicatos muy jerárquicos, soborno minucioso en todos los niveles: el de la justicia, sobre todo. Prolongar ese modelo requiere dinero. Mucho. Argentina lo poseía, en el momento de llegar Perón al poder. Las dos guerras mundiales habían sido una bendición para la economía agraria y ganadera de la República rioplatense. Pero una economía gangsterizada no produce. Nada. Y el dinero que se gasta en corromper sindicalistas, magistrados, políticos, en porcentajes prácticamente del cien por cien, ese dinero no se recupera nunca. Hasta su último céntimo fue dilapidado por los delincuentes disfrazados de políticos, sindicalistas, magistrados, bajo cuyo control el peronismo lo colocó todo. Los militares, que acabaron la masacre en familia iniciada por las distintas bandas en que se fragmentó el Gang tras el retorno del ya gagá padrino y de su nueva momia (esta última todavía tan andante como un zombi), no hicieron sino repetir el único aprendizaje moral y político de Argentina en ya más de medio siglo: robar, robar, robar. Al cabo, la quiebra total del que era uno de los países más ricos del mundo (era, ahora no es nada) sólo se explica por ese paradigma: comprar a todos, no producir nada; vivir en la ficción, en suma.
En la ficción. Bacigalupo ha consumado el arte teatral rioplatense. Llegó a España aupado sobre un prestigio, nadie sabe nacido de dónde. De su peronismo ninguno en esos años dijo nada. Pero él había comprendido que el felipismo era la forma española del peronismo aquel. Y que, si pudo medrar bajo las alas de los devotos de Perón, Isabel, momia de Evita y López Rega, ¿por qué no iba a hacerlo igual bajo las de los González, Guerra, Corcuera, Barrionuevo e tutti quanti? Dicho y hecho.
Claro que no declaró. Desde cuándo se somete a Hacienda un peronista. Tampoco dio jamás una sola clase cuando se hizo hacer catedrático para dar el salto digital a las más altas esferas de la magistratura española.
Podría calificársele de muchos modos. Todos ellos desagradables. Mas sólo uno le cuadra: ¡peronista!

Peronista en el supremo
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