Al paseante europeo no le es fácil casar sus recuerdos de la India. Y es quizá lo mejor que no lo intente. En mi recuerdo, la India es una sucesión de imágenes que pueden, si acaso, ser enumeradas. A la manera de ese caos primordial de ciertas enumeraciones de Jorge Luis Borges. Formalizadas, nunca. Sus reglas son ajenas a cualquier sintaxis conocida por el paseante europeo.
El alarido largo del almuédano, rasga, a la hora convenida, el océano multicolor de los sharis. Sombras amorfas, bajo chador negro, puntean el exceso cromático de sedas y corpiños. El encantado turista europeo, que sueña tal vez entender pero que nada sabe, forja sus fantasías de sosiego. El más rígido monoteísmo se roza aquí con el politeísmo más atomizado. La más dogmática religión con la más tolerante. Y el turista retorna a su hotel reconfortado: miseria y muerte quedan, para su tranquilidad entre paréntesis. Y en la memoria persevera sólo el prestigioso mito de un mundo en el cual nada excluye a nada. Mundo de la sabiduría no violenta, a cambio de la cual todo –aun la pobreza extrema— queda en nada.
Es mentira. Por supuesto. Todo. Y esa mentira tiene un nombre fundador y una mitología fraudulenta. El nombre es Gandhi. La fraudulenta mitología se llama no-violencia.
De todas las fastuosas patrañas del siglo veinte, la de una India descolonizada mediante desobediencia civil, modélicamente ajena a choque armado, no es la menos perversa. Sorprende cómo ha podido pervivir su tópico. Y, más que sorprender, mueve a la ira el metódico olvido de su real historia.
¿No violencia? Las cifras de la guerra civil que estalla en 1947 entre musulmanes e hinduistas nunca han sido fijadas en modo definitivo. Cientos de miles, en todo caso. Sí sabemos que fueron más de dieciséis millones los desplazados por esa implacable guerra de religión, al lado de la cual eso a lo que se diera en los Balcanes de final de siglo nombre de “limpieza étnica” es una ínfima broma.
Pakistán y la actual India nacieron de esa fundacional salvajada. Y jamás curaron de ella. La guerra de religión sigue latente en sus fronteras. Como vive interiorizada en sus respectivos territorios, allá donde el conflicto se enmaraña en roce de incompatibles creencias y aún más incompatibles códigos sociales. El alarido del almuédano, surcando océanos de sharis, puede ser que extasíe con su rara belleza al deleitado turista tan sensible a estéticas extrañas. Pero anuncia la muerte. Pronto o tarde. La que cíclicamente impone el peso grave de sus privilegios. La que repite guerras de diversa envergadura, con el automatismo de los ciclos monzónicos. La potencia nuclear, hoy, es la tilde que enfatiza la rueda de un destino muy por encima de intervención humana. Nada hay que los hombres puedan oponer a la guerra de los dioses. Nada.

La guerra de los dioses
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