Aunque, obviamente, se trata de un asunto privado, el divorcio anunciado entre el presidente de Venezuela, Hugo Chávez y su esposa, Marisabel Rodríguez, tiene también aspectos políticos que conviene no descuidar. La todavía primera dama de Venezuela anunció días pasados en el diario El Universal de Caracas que, por común acuerdo, habían decidido divorciarse por incompatibilidad de caracteres y esas cosas que suelen decirse en tales circunstancias: lo mismo sirven apara un roto que para un descosido según el refrán.
Hacía meses, en efecto, que los rumores en la capital venezolana sobre las desavenencias del matrimonio presidencial se habían extendido en toda la clase política e incluso en las publicaciones populares.
El papel político de “Marisabel” fue importante y sigue siéndolo. Chávez le debe mucho, entre otras cosas haberse casado con él cuando era apenas un militar excarcelado tras el golpe de Estado fallido que le condujo a la prisión durante varios años. Después, cuando el militar golpista y algunos de sus compañeros decidieron lanzarse a la aventura política que les condujo a ganar las elecciones con un apoyo popular considerable, Marisabel participó en todas las campañas y se convirtió en un personaje muy querido por la gente. En la iconografía de la campaña presidencial puede vérsela en todas las fotografías al lado de su esposo saludando a las masas y sonriendo. Es difícil saber cuantos votos logró el excomandante gracias al encanto de su mujer, pero es seguro que fueron muchos.
Profesora de profesión, persona cortés y culta, la mujer del presidente era un poco la otra cara de la medalla del régimen o, si se prefiere, el rostro amable de un sistema que poco a poco se desliza hacia una dictadura arbitraria y un tanto surrealista.
En América Latina como en Estados Unidos, la costumbre es que los presidentes no se divorcian mientras lo son. Y en Venezuela esto es especialmente verdad: recordemos a Carlos Andrés Pérez que vivía maritalmente con su amante en el Palacio presidencial pero que esperó al fin de su mandato un tanto accidentado, porque tuvo que huir para divorciarse legalmente de su esposa legítima. Recordemos también el caso Lewinski y el aguante del matrimonio Clinton que prefirió no dar el escándalo divorciándose y aguantar mecha: hasta hoy.
Hay un antecedente no muy feliz en América Latina: el del presidente peruano hoy huido en Japón Alberto Fujimori, cuyo divorcio de su esposa, Susano Iguchi, le costó caro, y no precisamente en el terreno económico: la ex primera dama se convirtió en la peor enemiga de Fujimori, incluso fundó un partido para desacreditarlo. Pero, obviamente, no fue el divorcio lo que condujo a Fujimori a la caída y al exilio sino otro divorcio, éste político, de su hombre de confianza, Vladimiro Montesinos, el Rasputin de los Andes, ahora en prisión y tal vez por muchos años.
Es poco probable que Marisabel Rodríguez imite a la ex señora de Fujimori. Son dos personalidades muy diferentes, y la situación política de Venezuela hoy no es comparable a la del Perú entonces, aunque ambas coincidan en hay gérmenes de rebelión cívica y descontento generalizado. Chávez y su señora tienen una niña de cuatro años y esto de los hijos, sobre todo cuando son pequeños, constituye una vacuna contra la venganza y el desamor.

El divorcio de Chávez
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