Menú

El extraño turista

Sabía Baudelaire que el mundo es sólo inmenso bajo la luz de las lámparas de quien lo sueña en el surco grave de los libros; que, ante los ojos del recuerdo, el mundo visto es ínfimo. Sueña el turista con el infinito: eso que nunca existe para el hombre, eso que siempre añora –y es su añoranza, quizá, el único motor de la frenética ansiedad humana. Y el turista persigue siempre aquello de lo cual carece, aquello que, en su inaccesibilidad, reviste las formas siempre engañosas del deseo. Soñaron los viajeros alemanes de inicio del XIX con el viaje a Grecia: la matemática belleza que le era negada a su propia nacional barbarie; y con el sol toscano, los brumosos románticos ingleses. Una y otra fantasía viajera produjeron toneladas de bazofia impresa. Pero también a Hölderlin, o a Keats,o a Byron. Bien está.

La ensoñación del delirio estatal vasco tiene también su propio viaje iniciático hacia el deseo ausente. Hacia aquello que se dice paraíso perdido, cuando es, en realidad, sólo ausencia real; absoluto en la medida exacta que imposible. Pasa el periplo por espacios míticos, que pueden ser leídos –ni siquiera descifrados– con la claridad de un libro, más que con el código austero de los mapas. Cuba y Sahara –que fueron, un día ya lejano, España y no lo son– acotan su metáfora.

De Cuba le viene al viajero una primitiva mitología. Obscena, mentirosa, hoy lo sabemos; deberíamos saberlo, por lo menos, si no fuera tan difícil aceptar vivir en un mundo estrictamente laico. Obscena, mentirosa. Y eficacísima. Ninguna lo ha sido de modo tan perenne en la España de la segunda mitad del siglo XX –digo España, porque es, al fin, divertido cómo el mito burla siempre la voluntad de quien lo enuncia y cree usarlo, y no es, al fin, sino usado por él–: mito de la revolución pluscuamperfecta, la que nada sabe de minucias materiales, la que sólo quisiera ocuparse de crear al Hombre Nuevo. Que el Hombre Nuevo sea categoría teológica paulina y que su transcripción al inmanente territorio de la política no pueda sino producir terror de Estado y exterminio –como, en efecto, produjo–, en nada modifica la potencia retórica del mito; antes más, la potencia. De la Cuba castrista (ésa que acaba de abolir el tiempo por decreto) dijeron los viejos meapilas del PNV que mucho tenía en común con la futura nación vasca. El inenarrablemente torpe Madrazo fue más lejos: el castrismo era el modelo sobre el cual construir el Estado Euskaldún. Modelo Castro: militarización completa de la sociedad; exilio masivo de la población no conforme, cárceles inhumanas para los que perseveren en la voluntad de pensar por cuenta propia en su propia tierra, normalización, esto es, liquidación de cuanto no se ajuste a la norma.

Es más noble lo del viaje de Ibarreche al Sahara Polisario. Pocas poblaciones han sufrido un genocidio tan implacable como el que a los saharauis infligió el sultán de Marruecos. Pocas mayores vergüenzas que la que cargó sobre sus espaldas España al permitirlo sin mover un dedo. Pero, ¿qué pinta el presidente de una administración autónoma, revistiendo función diplomática ante la dirección de un movimiento militar en guerra contra el despótico régimen del hijo de Hasán II?

Dos hipótesis. O bien esa autoridad regional ha sido delegada por el gobierno español en funciones de embajador extraordinario, o bien se atribuye ella misma funciones de cancillería que sólo de sí toman su fuente. La primera hipótesis exige una clarificación informativa de Piqué, de momento y que se sepa, aún ministro de Exteriores de España, acerca de ese inesperado vicario. La segunda, sencillamente, infringe las atribuciones de una autoridad regional que bien poco tiene que ejercer sobre un territorio en guerra.

El turista extraño prosigue su periplo, el de sus mitos. Busca lo que su inconsciente añora: una noble guerra de la independencia contra un anacrónico tirano teocrático, señor de horca y cuchillo; una delirante dictadura caudillista que decreta su inamovilidad eterna. Ambas fueron España. Fueron. Y dejaron de serlo en algún tiempo. Tiempo mítico del turista patriota.

En España

    Servicios

    • Oro Libertad
    • Curso
    • Inversión
    • Securitas
    • Buena Vida