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SIDA: Geopolítica de una catástrofe

Este domingo se inaugura en Barcelona la XIV Conferencia Internacional sobre el SIDA. Durante una semana los mejores especialistas mundiales en esta pandemia estudiarán, sobre todo, los nuevos medicamentos y las vacunas que lentamente empiezan a ser aplicadas, sobre todo en los países ricos. Pero en la Conferencia de Barcelona no intervendrán solamente médicos e investigadores. Universitarios, sociólogos, militantes de organizaciones humanitarias y políticos también estarán presentes entre otras razones porque el SIDA no es solamente una enfermedad o –como sugieren algunos fanáticos religiosos– un castigo divino. Es una realidad geopolítica y estratégica de primera magnitud que debe ser asumida en primer lugar por los gobiernos y los dirigentes políticos pero, sobre todo, por la sociedad humana en su conjunto.

Pese a los avances en el terreno científico y la extensión de los nuevos –y muy caros– medicamentos, el sida sigue siendo una bomba de tiempo y una catástrofe anunciada para la humanidad. Léase sino atentamente el último Informe de la agencia especializada de Naciones Unidas ( ONUSIDA) publicado el pasado martes sobre la progresión de la enfermedad sobre todo en Asia, ex Unión Soviética, Europa del Este y Extremo Oriente.

Por supuesto que en África el SIDA sigue haciendo estragos como indica el Informe previo a la Conferencia de Barcelona. En África subsahariana, por ejemplo, casi 29 millones de personas están infectadas (70% de los casos a nivel mundial). Dicho en otras palabras: el 9% de los adultos de 15 a 49 años frente al 8,6% de hace dos años. En Zimbabwe, un tercio de la población adulta está infectada, en 1999 era un cuarto de esta población. El triste record lo ostenta Bostwana, país en el que el 39% de los adultos han sido contaminados y muchos de ellos contaminarán inevitablemente a sus hijos.

Pero la enfermedad está experimentando también avances terribles en otras zonas. En Extremo Oriente y el Europa del Este el número de personas infectadas ha doblado en apenas dos años y la progresión de mantiene. Y esto es sólo el comienzo porque según advirtió hace muy poco el Dr. Piot –uno de los mejores especialistas mundiales en la enfermedad– “la devastación sin precedentes provocada por la enfermedad en el curso de los veinte últimos años va a multiplicarse varias veces en los próximos decenios si el combate mundial no se intensifica”.

Este combate, naturalmente, es mucho más intenso en el mundo desarrollado como señalan crudamente las estadísticas. Solamente el 4% de las personas infectadas en el Tercer Mundo tienen acceso al tratamiento anti-retroviral mientras que, por ejemplo, en América del Norte (USA y Canadá) la mitad de las personas afectadas tiene acceso a estos medicamentos. Claro que culpar a los países ricos y prósperos de insolidaridad cuando algunos países han decidido –es el caso de Africa del Sur– olvidarse de las medidas preventivas o incluso negar que la enfermedad se transmita por vía sexual, sangre o inyecciones, además de injusto es una irresponsabilidad. Esta tentación sigue existiendo sería bueno que en Barcelona los asistentes no cayeran en la trampa.

En las circunstancias actuales cabría preguntarse para qué sirven conferencias o reuniones internacionales como la de Barcelona. En primer lugar debe responderse, que para resumir los avances en la investigación y el lanzamiento de nuevos fármacos, resultados, los avances y retrocesos (que también los hay) relacionados con estas investigaciones y experiencia. Pero sobre todo, para que las opiniones públicas vayan tomando conciencia de que tras una euforia un tanto ficticia creada por los nuevos tratamientos, la geopolítica del sida es una amenaza inesquivable: setenta millones de personas morirán en el mundo en los próximos veinte años por su causa. Y esas son palabras mayores.

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