La euforia y la autosatisfacción han vuelto a los medios afines al gobierno –en realidad, casi todos– con respecto al tema de Gibraltar y el hipotético acuerdo hispano-británico para compartir la soberanía de la colonia. De nuevo se lanzan las campanas al vuelo porque el ministro Jack Straw ha dicho en la Cámara de los Comunes que este cuerdo estaba listo y que las negociaciones se reanudarían a finales de verano. Aplausos cerrados por parte del equipo mediático habitual, sumiso y acrítico. Como siempre.
El corresponsal de Antena 3 en Londres en una crónica que tenía mas de sermón que de información periodística llegó incluso a decir que quienes habían anunciado el fracaso de la negociación “como mínimo se han equivocado”. Vamos a ver quién se ha equivocado y qué posibilidades hay de que España y el Reino Unido compartan algún día la soberanía del Peñón.
La posición británica con respecto a la soberanía compartida (nada sabemos si eso entrañará que España renuncie a la soberanía completa, no compartida: un punto en litigio y no resuelto, como tampo está resuelto el problema de la base) no ha cambiado en absoluto. Cualquier acuerdo que afecte a la soberanía de la colonia, ha reiterado Straw, deberá ser sometido a un referéndum decisorio y serán los habitantes del Gibraltar, vulgo llanitos, quienes acepten o rechacen la co-soberanía como reza en la Constitución de 1969, un texto que España y Naciones Unidas rechazaron tajantemente pero que Gran Bretaña sigue utilizando como manual de instrucciones para gestionar el problema.
Nada ha cambiado, pues, desde que, por ejemplo, España y Gran Bretaña firmaron hace unos años un acuerdo para el uso conjunto del aeropuerto gibraltareño situado en el istmo que une “la ciudad y castillo de Gibraltar” con La Línea de la Concepción. Los británicos terminaron comunicando a España que no podían cumplir lo firmado porque los llanitos se oponían: ni siquiera se tomaron entonces la molestia de amagar una consulta de los gibraltareños porque suponían el resultado. La supuesta voluntad de estos señores se reflejó simple y llanamente en el archivo y olvido del acuerdo.
Las cosas no han cambiado en absoluto. Aquellos periodistas y políticos eufóricos que ahora aplauden un acuerdo imposible harían mejor en darse una vuelta por la colonia y hablar con los llanitos: ni siquiera uno de cuantos consulten o encuentren casualmente se mostrará de acuerdo en apoyar en el referéndum la co-soberanía hispano-británica de la colonia y mucho menos la soberanía española en el futuro.
Pero hay formas menos artesanales de saber lo que ocurrirá cuando el referéndum se convoque y produzca. Todas las encuestas encargadas por el gobierno local gibraltareño (y me informan que hubo no menos de cuatro en el último semestre) ofrecen resultados tajantes: el 95% de los consultados rechazará en la cosoberanía con España.
La inmensa mayoría se pronunciará sobre el mantenimiento del statu quo actual. El simple recuento del número de personas que participaron en las dos últimas manifestaciones contra el diálogo hispano-británico (una de ellas ante la verja, las otras en el interior de la ciudad) demostraría que al menos el 60% de los ciudadanos gibraltareños participaron en ellas y no se recuerda que alguno, gritase Gibraltar español o siquiera Gibraltar hispano-británico.
Este rechazo lo conoce el gobierno español y lo conoce el propio Straw que por poco fue linchado ante el Palacio del gobernador británico en el Peñón cuando se le ocurrió ir a explicarle a los llanitos en qué consistía el futuro acuerdo. No conozco un solo británico, español, llanito o campogibraltareño que ignore esta evidencia y que albergue la más mínima duda de cuál será el resultado si los británicos terminan organizando el referéndum para avalar el acuerdo con España.
La pregunta que ahora se hacen muchos –y yo,desde luego, el primero– es: si todo el mundo sabe cuál será el resultado del referéndum y sabiéndolo se aprueba someter el acuerdo de cosoberanía a un referendum, qué sentido tiene avanzar por una senda impracticable, dado que una de las partes exige como condición previa a la implementación de dicho acuerdo un mecanismo que lo impide.
Seamos claros: el único método viable para que España y el Reino Unido compartan la soberanía en el futuro es que los británicos renuncien a ese condicionante consultivo y hagan como en Hong Kong, donde desde luego no se tomaron la molestia de consultar a la población y simplemente impusieron el acuerdo con la República Popular China. Claro que los hongkoneses eran chinos y España no es China. Todo lo demás es hablar por no estar callado, engañar sin necesidad ni razón, crear espectativas artificiales y frustraciones suplementarias aunque, eso sí, se recojan de vez en cuando los aplausos de los ingenuos, malinformados o rústicos.
Mientras las cosas estén así –y Straw las reiteró hace unas horas por si quedaba alguna duda– las negociaciones hispano-británicas iniciadas hace casi un año serán un fracaso o, lo que es peor, un reflejo más de esa diplomacia del oropel y el aspaviento que viene caracterizando al gobierno español en los últimos cuatro años. Marruecos y la isla del Perejil (Leila) son otro ejemplo clamoroso. Tiempo habrá para hablar también de eso.

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