Menú

Diez días bastan

No puede decirse que la suerte haya acompañado a la nueva ministra de Exteriores, Ana Palacio, quien nada más abandonar los apacibles y corteses despachos de la burocracia bruselense ha tenido que enfrentarse al incidente más grave de la política exterior española desde 1975, sin disponer de tiempo para “rodarse” en el cargo. Sin embargo, en la crisis de Perejil, la ministra ha cometido errores de concepto que la bisoñez difícilmente puede disculpar, máxime cuando Palacio debe el cargo, en gran parte, a su amplia y acreditada experiencia en el plano de las relaciones europeas.

El primer error de la ministra fue aplicar las coordenadas europeas a un país como Marruecos, cuya forma política tiene mucho más que ver con un despotismo oriental a la antigua usanza que con un país democrático y occidental, miembro de la UE. Ella misma reconoció implícitamente en la comparencia del miércoles en el Congreso que, fuera de las pautas de Bruselas, se sentía algo perdida.

Precisamente porque Marruecos no es un socio europeo y lo que se estaba ventilando no eran cuotas a la producción de trigo o aceite sino nuestra soberanía, el segundo error –que a punto estuvo de costarnos la pérdida definitiva del islote con todas sus consecuencias políticas posteriores– fue dar esperanzas a Benaísa de que el conflicto se solucionaría en una negociación donde no iba a quedar excluida la cuestión de la soberanía. Afortunadamente, la indignación de la opinión pública ante tanta claudicación y la necesidad de mantener una mínima dignidad en el concierto internacional, obligó al Gobierno a desalojar a los militares marroquíes por la fuerza.

Con ser graves, estos dos errores bien podrían haberse disculpado si, después de la recuperación del islote, Ana Palacio no se hubiera empeñado en asegurar a Benaísa que España estaba deseando retirar sus soldados y en pedir a EEUU la “absolución” o el “placet” por haber cometido el “terrible” pecado de emplear la fuerza para repeler la agresión marroquí. Las naciones soberanas, a diferencia de los protectorados, no necesitan de permisos, “mediaciones”, “facilitaciones”, “árbitros” o “testigos privilegiados” para ejercer su soberanía; sobre todo cuando están en juego sus intereses y la autonomía de su política exterior. Por lo demás, EEUU es, en cuanto a Marruecos, juez y parte, habida cuenta del apoyo norteamericano a las pretensiones anexionistas de nuestro vecino respecto del Sahara, y tampoco podía permitirse desairar al único aliado más o menos fiable que tiene en el mundo árabe en vísperas de una nueva guerra contra Irak. Tras la intervención de Powell, una cosa es segura, y es que España ya no podrá ejercer su soberanía sobre el islote, ni, probablemente, desarrollar una política exterior independiente para con Marruecos, sin contar con EEUU.

Pero, a la gravedad de haber hipotecado nuestra soberanía y nuestra política exterior en el Estrecho, la ministra ha añadido la humillación propia de una nación vencida, visitando al agresor, que no ha perdido ocasión para mostrar su desprecio a España en la persona de Ana de Palacio, a quien Benaísa recibió sin moverse de su despacho, como quien recibe a un súbdito que va a rendirle pleitesía.

Y a los errores cometidos, se añade la desagradable imagen de fragilidad y desorientación que transmite la ministra en sus comparecencias ante la prensa y el Congreso, impropia de un miembro del Gobierno y especialmente inaceptable en quien tiene la responsabilidad de diseñar y dirigir nuestra política exterior. Su discurso vacilante, plagado de los tópicos políticamente correctos que se gastan en Bruselas, denota un grave desconocimiento –como ella misma reconoció en su comparecencia del miércoles ante el Congreso– de cuáles deben ser las principales coordenadas de nuestra política exterior para con Marruecos. El elogio de las inexistentes reformas democráticas del despótico régimen del sultán marroquí podría entenderse como un ingenioso sarcasmo o como una concesión necesaria a la retórica si el vecino del sur se hubiera comprometido a modificar su política agresiva para con España. Pero no parece que Mohamed VI esté dispuesto a respetarnos si, en lugar de colmarlo de lisonjas después de su agresión, no mostramos un poco de firmeza y dignidad.

Diez días han bastado para constatar que, si bien Ana Palacio es una excelente conocedora de los asuntos europeos y podría ser de enorme utilidad en una secretaría de Estado, no reúne las condiciones necesarias para desempeñar la dirección de nuestra diplomacia. Queda la incógnita de por qué Aznar eligió a una figura transparente, frágil y entrañable para una cartera donde hay que combinar la sofisticación con la astucia del zorro y los instintos de un ave rapaz.

En España

    0
    comentarios

    Servicios

    • Radarbot
    • Curso
    • Inversión
    • Securitas
    • Buena Vida
    • Reloj Durcal