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Perseverar en la infamia

El líder del PNV ha guardado un llamativo silencio en las últimas semanas, justo cuando Ibarretxe lanzaba, en compañía de EA e IU, su órdago a España. No sería descabellado pensar que Arzalluz probablemente encargó el órdago secesionista a sus subordinados para no quemarse ante su parroquia, por si el intento acaba en fracaso. Sin embargo, cuando se trata de infamar a las víctimas del nacionalismo (ya sea en su vertiente “moderada”, “radical” o criminal) no pierde ocasión, como lo ha demostrado en el 107 aniversario de la fundación de su partido, celebrado en la localidad guipuzcoana de Motrico.

De Jaime Larrinaga, el párroco de Maruri a quien el PNV local puso en el punto de mira de Eta calificándolo de “nostálgico del franquismo” en un panfleto distribuido a todos los habitantes de la localidad, Arzalluz confirma la condena afirmando cínicamente que “tiene todo el derecho a ser un nostálgico del franquismo”. Y en cuanto a Francisco Llera, catedrático de la UPV y director del Euskobarómetro que ha anunciado recientemente su abandono del País Vasco debido al miedo por el “acoso de los más zafios”, según Arzalluz se va “por el chollo que le han dado”, y no porque “le hubiéramos echado”.

Con todo acierto, José María Aznar calificó de nazis los métodos de eliminación del disidente que emplea el PNV de Arzalluz, quien ha respondido con la letanía de descalificaciones habitual en él, recordando el pasado falangista del presidente del Gobierno y señalando que “si se mira al espejo [Aznar], sólo con verse el bigote, verá a quién se parece”. Es probable que la obsesión de Arzalluz por el general Franco se deba a que, en su juventud y por tradición familiar, fue un ferviente admirador del anterior jefe del Estado, admiración de la renegó cuando se convirtió al credo nacionalista y que probablemente necesita “expiar” acusando de franquismo a todo aquel que no comparte su credo totalitario.

Como todo buen sectario, Arzalluz y sus subordinados sólo saben responder a las críticas y a las denuncias de sus desmanes con la inmoralidad de la mentira, el insulto, la descalificación y la infamia, renunciando a cualquier argumentación con visos de racionalidad. La medida de esa corrupción moral de los nacionalistas vascos la da su indiferencia, su desprecio –cuando no su acoso– de las víctimas de sus compañeros de viaje etarras y batasunos en la utopía totalitaria de la secesión.

Al igual que Lenin y Hitler, los nacionalistas no reconocen otro absoluto moral que no sea la consecución de sus fines, ya se trate del alumbramiento de la sociedad socialista, de la pureza racial germana o de la construcción de la “gran Euskadi” purificada de maketos, de españolistas o, simplemente, de quienes se obstinen en pensar de forma distinta a la de los jefes de la secta.

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