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Pedro Schwartz

Popper y el nacionalismo

Hace cien años nació Karl Popper en la Viena imperial. Al celebrar la obra y la persona de mi maestro debo recordar a catalanes, vascos y castellanos la firmeza con la que rechazó los nacionalismos de toda índole. Había nacido en un estado plurinacional, en el que podían integrarse y prosperar incluso las personas de etnia judía como él. Disuelto el Imperio Austro-Húngaro tras la Primera Guerra, Popper tuvo que abandonar para siempre una república austriaca cada vez más enferma de nacionalismo alemán, e integrarse en la cultura abierta del mundo de habla inglesa.

Tomo un solo detalle de la recentísima biografía de Malachi Hacohen sobre “Los años formativos de Popper, 1902-1945”. Refugiado en Nueva Zelanda, se presentó Popper voluntario al ejército neozelandés en cuanto tuvo noticia del estallido de la Segunda Guerra. Por suerte para la filosofía no fue aceptado y dedicó esos años a lo que él llamó “su esfuerzo de guerra”, a la composición de La sociedad abierta y sus enemigos (1945).

Su actitud cosmopolita no le impidió, pues, una adhesión patriótica a la sociedad y los valores que había elegido, pero recuerdo bien el horror que le inspiraba toda ideología nacionalista, no sólo la totalitaria de Hitler, o Mussolini, sino todos los nacionalismos, incluso los aparentemente justificados por la persecución, como el sionismo. “La idea de que existen unidades naturales como las naciones, o los grupos lingüísticos y raciales, es enteramente ficticia. El intento de ver el estado como una unidad ‘natural’ conduce al principio del estado nacional y a las ficciones románticas del nacionalismo, el racialismo y el tribalismo”. Popper condenaba así la idea de que las naciones, los estados, las clases sociales eran algo más que modelos interpretativos de fenómenos sociales que debían analizarse en términos de individuos, sus deseos y sus acciones. La creencia en la realidad metafísica de la nación, lo sagrado de la lengua nacional, lo permanente de la identidad racial, debía poder desentrañarse, para así echar las bases de una sociedad crítica y abierta.

Nacida con la Revolución francesa, la exigencia de que toda nación alcance el rango de estado es una ideología que, paradójicamente, se difundió entre los pueblos agredidos por Napoleón en nombre del estado-nación francés: como muestra, vean esta frase de Hegel, citada por Popper: “una Nación que no ha tomado la forma de Estado –una mera Nación– no tiene, estrictamente hablando, historia; como ocurre con las Naciones en estado salvaje”. Elevado el nacionalismo a principio sagrado durante la Guerra del catorce, fue el origen de la atomización de Europa en estados inviables, y la base del fascismo y el nazismo. Cuando, tras la Segunda Guerra, los europeos empezamos a apartarnos del nacionalismo, las colonias recién liberadas lo tomaron como coartada de toda clase de excesos. Así, la democracia que Popper definió de forma minimalista, como el régimen que permite cambiar de gobierno sin derramamiento de sangre, se ha pervertido insensiblemente, hasta significar el plebiscito continuo de la nación en marcha.

En un ensayo que tituló “Hacia una teoría racional de la tradición”, se opuso Popper al racionalismo que se burla de todas las costumbres que conforman la tradición de las sociedades y pretende hacer tabula rasa de todos los tabúes a los que instintivamente nos atenemos. Las tradiciones desempeñan una función esencial en la vida social, la de crear un cierto orden y la de ofrecernos una base sobre la cual actuar. La facilidad de trato con quienes han sido educados en la misma cultura, las costumbres de puntualidad y honradez inculcadas en la familia, la escuela, el trabajo, son el efecto de tradiciones que facilitan la vida en común. Este tipo de regularidades se extiende al campo político: damos una adhesión crítica y civilizada a las tradiciones y costumbres de nuestro país porque así se crea una expectativa de solidaridad, de juego limpio, de colaboración espontánea que hace de nuestra Constitución algo más que un texto legal.

Pero una cosa es el rechazo de toda tradición comunal y otra el examen crítico de las costumbres sociales. Debemos poder distanciarnos de nuestros hábitos, para no caer en la intolerancia fuertemente emocional que a veces caracteriza el tradicionalismo y el nacionalismo.

Para Popper, esas actitudes traslucen un miedo a la sociedad abierta, que a veces parece tan fría e impersonal que podría llamársele “la sociedad abstracta”. A los hombres nos gustan los grupos concretos, y nos desazonan las grandes masas, los inesperados movimientos de precios, el exceso de información, la continua necesidad de tomar decisiones. Esa angustia de la sociedad abierta hace que olvidemos a menudo sus beneficios, como son el contraste de las ideas, la libertad de anudar relaciones personales, las oportunidades de creación e innovación, la mejora nunca soñada de nuestro nivel de vida. El nacionalismo es una de las formas de resistencia frente a la gran revolución que es el paso de la sociedad cerrada a la abierta.

Nada hay inevitable en los asuntos humanos. No tenemos que unirnos al rebaño de rinocerontes que invade las calles de la ciudad, como en la reveladora obra de Ionesco. Si comprendemos el fenómeno nacional, podremos salvar de la superstición orgánica nuestras democracias individualistas, tolerantes y plurinacionales.

Pedro Schwartz es profesor de Economía y columnista del diario barcelonés La Vanguardia.

© AIPE

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