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La alocada carrera por la sucesión

El espectáculo al que estamos asistiendo era previsible y ya es inevitable. El desasosiego, la inquietud, y el interrogante sobre el futuro del Partido Popular ha dejado de ser una cuestión de sus dirigentes y se está extendiendo a muchos sectores de la sociedad. Nadie se puede olvidar en este punto de que en las elecciones de 2000 votaron al Partido Popular, más de diez millones de ciudadanos que a estas alturas –falta menos de año y medio– quieren saber cuál va a ser el candidato del PP a las próximas elecciones generales.

Es verdad que el presidente Aznar puede seguir callado todo el tiempo que quiera; es verdad que el presidente Aznar puede mantener la actual estrategia del despiste; es verdad que el presidente Aznar puede apostar por alargar en el tiempo un interrogante que está poniendo muy nerviosos a los suyos. Es verdad, en definitiva, que el presdiente Aznar puede hacer lo que le cuadre. Pero también es verdad que se puede estar equivocando en el planteamiento sucesorio. Una equivocación de complicada rectificación. De puertas adentro, se puede imponer una "ley del silencio", impulsada por el famoso: "ahora no toca"; pero esa disciplina no se puede trasladar a los miles de ciudadanos que dieron su confianza a Aznar en las elecciones de 2000, y que ahora quieren saber el nombre del sucesor del actual presidente del Gobierno.

Les guste o no les guste, lo que el PP no puede pedir a la sociedad española es que cierre los ojos y confíe plenamente en un arbitrario proceso de sucesión. El PP no puede exigir a los ciudadanos que votaron su proyecto que no se planteen la posibilidad de que se hayan equivocado en la forma de elegir del sucesor. El PP no puede pedir a sus votantes que confíen ciegamente en las decisiones tomadas, sin pedir explicaciones a cambio. En este sentido, no estaría de más recordar que los dirigentes populares se pueden equivocar en la fórmula escogida, se pueden equivocar en la persona elegida y se pueden equivocar en el calendario marcado para conocer al sucesor. Estamos ante una simple estrategia política que, aunque les pese, puede ser errónea.

Hay nervios fuera del Partido Popular; y hay nervios mezclados con tensión en el "núcleo duro" de los populares. El escenario de sonrisas y abrazos que viven los sucesores forma parte de una ficción política que está llamada a estallar por los aires. No es creible por más tiempo que los candidatos –se dice que en los informes de Arriola son siete– aguanten en esta actitud pacífica y campechana. Dicen que se llevan a las mil maravillas, pero sus equipos están enfrascados en plena batalla que llegará en breve a la superficie. Cuando eso ocurra, ya será tarde para cualquier excusa. Se habrá convertido en público y notorio algo que está en boca de todos: los candidatos han comenzado una alocada carrera hacia la nominación.

La realidad es que el Partido Popular no tiene todavía candidato para las próximas elecciones generales. Y eso, lo siento, puede ser una originalidad; pero también puede ser un error irreversible. El PP ha apostado por un pulso, contra no se sabe quién, para demostrar que ellos marcan los tiempos políticos. Y se han olvidado que los ciudadanos no quieren más pulsos, quieren simplemente eficacia.

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