3 de marzo de 1924. Mustafá Kemal (al cual la posteridad conocerá como Ataturk, “el padre de los turcos”) abole el califato. El último de los califas otomanos parte al exilio. La república turca, proclamada el 29 de octubre del año anterior, completa su modelo: un país laico, asentado sobre el epicentro de lo que fue el más prolongado y extenso Imperio desde Roma: el que fundara Mehmed I, a inicios del siglo XV, el que sólo el gran terremoto de la primera guerra mundial hará desaparecer, tras tres siglos de apogeo y tres de lento declive. Desde esa fecha, la línea de los sucesores legítimos del Profeta se quiebra (las prestidigitaciones filiativas de los sultanes marroquíes no pasan de ser cosa de risa). Si quisiéramos jugar con el paralelismo católico, habría que decir que el siglo XX fue para el Islam un siglo de Sede Vacante.
¿Se acabó? Con eso sueña la inmensa multitud islámica que dormita en su abulia de siglos y rumia el rencor que difícilmente podría atribuir a sus propias incapacidades. Achacar al capitalismo internacional –de cuyas limosnas vive– el zarrapastroso atraso económico, social y político en el que chapotea una sociedad anclada en la edad media, es tan grotesco como consolador. Decir que nada hay en la tragedia islámica moderna que no venga de la literalidad de su libro sagrado, supondría un heroísmo a la altura del cual las mentes formadas en esa variante extrema del sectarismo monoteísta no accederá nunca.
¿Se acabó el paréntesis laico (dictatorial, corrupto, ineficiente, pero laico) del Estado? No es seguro. Pero es, en todo caso, el sueño de una población que, cada vez más, ha ido replegándose en un primitivismo religioso, mediante el cual hallar consuelo a sus muchas miserias. “Alma de un mundo desalmado”, una vez más, la religión se ofrece en el anacrónico mundo islámico como alternativa al desastre político. Así fue como llegó al poder un “moderado” (quien no lo crea, no tiene más que darse una vuelta por la hemeroteca) ayatollah iraní llamado Jomeini, que fascinó durante meses a buena parte de la izquierda intelectual europea, antes de horrorizarla. Así fue como los hermanos musulmanes se tejieron un solidísimo soporte en el Egipto post-nasseriano. Así, como las madrasas parieron la guerra civil (ya van diez años) en Argelia... No son azarosas coincidencias. La lógica de la historia es implacable.
Porque hay Irán, es cierto. Y hay también Argelia. Ni con uno ni con otro coincide Turquía. Pero esto que se abrió el domingo tiene un nombre: doble poder. Constitución, ejército y aparato judicial, por un lado. Por otro, clérigos y poder legislativo. El aparato judicial está en trance de ilegalizar al partido casi monopolizador del legislativo tras las elecciones. El ejército vela. Y los clérigos invocan el retorno, al fin, del califato. Se puede llamar a eso por su nombre: vísperas de guerra civil.

Nostalgia del califato
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