Irak es una dictadura. Una de las más duras del planeta. Ejercida bajo las siglas de un partido, el Baaz, que fue fundado, hace más de medio siglo, como versión árabe del nacional-socialismo hitleriano, a cuyas reglas de juego buscó siempre ajustarse. Conviene recordar estas elementales obviedades. Aunque sólo sea porque la lógica de poder que rigen no sería inteligible desde ningún otro tipo de supuestos.
A diferencia de buena parte de los países colindantes, Irak no es una teocracia. Puede compartir con los mullahs iraníes o los jeques saudíes muchas cosas: el resentimiento hacia los países capitalistas desarrollados y hacia su concepción democrática del Estado, una fobia antijudía que raya en el delirio, el respaldo logístico de todas las variedades de terrorismo que puedan quebrantar al enemigo, desde la extrema izquierda clásica hasta el delirio ultrarreaccionario de Bin Laden... Pero, a diferencia de Irán o de Arabia Saudí, o de Marruecos, o de los Emiratos, Irak no es una teocracia. Es una dictadura nacional-socialista clásica. Especialmente cruel, si se quiere; especialmente bárbara. Pero moderna. Tanto cuanto lo es el fascismo.
Y la posición de Sadam Husein en muy poco se diferencia de la atribuida por Carl Schmitt al Führer como encarnación personal de la nación en todas sus facetas y funciones. Por encima de divisiones de poderes o de instancias electivas. Como protector de la nación, su jefatura es la clave constitucional que unifica poderes en un sujeto trascendente y, en tanto que tal, no sometido a constricción externa.
Que el último referéndum (no hay elecciones en un Estado fascista, sólo plebiscitos) registrara el 100% de votos favorables sobre una participación del 100% de población con derecho a voto, no debe interpretarse como un chiste extremo o una cantinflada. Si el Führer encarna la identidad del pueblo (el Volkgeist de la juridicidad nazi), nada, absolutamente nada, puede quedarle fuera. Es algo esencial para sustentar el principio de que ante nada tenga él que rendir cuentas.
La votación ayer del parlamento iraquí (puramente consultivo, no lo olvidemos, a la manera en que podía serlo, en el franquismo, el Consejo Nacional del Movimiento) es más compleja, dentro de la simplicidad extrema de ese modelo de poder monolítico.
Sadam es un dictador y un asesino masivo. No un necio. Sabe perfectamente que una negativa explícita y unívoca al mandato de la ONU supondría su aniquilación militar en pocos días. Puede que la aniquilación de su país no lo atormente demasiado; la de su propia cabeza, sí. ¿Qué función atribuir, entonces, a la unívoca transparencia del, por así llamarlo, parlamento de Bagdad? De tratarse de un verdadero parlamento, hubiera sido un suicidio. Porque su decisión sería constrictiva para el ejecutivo, que se vería, así, forzado a entrar en guerra. Pero no es un parlamento –ahí se juega todo– el que votó el lunes. Sino un órgano consultivo del dictador. A partir de ahí, la univocidad pasa a trocarse en la ambivalencia más completa; y la transparencia se envuelve en sombra.
Tras el parlamento, vendrá la asesoría del círculo más íntimo: el Consejo de la Revolución Iraquí. Tampoco éste está dotado para imponer nada a aquel que encarna el espíritu nacional. Aunque todo tiende a indicar que su lenguaje –su retórica, al menos– resuene con los acentos más inequívocos del líder mismo. Luego, sólo entonces, hablará el Jefe. Y sólo la palabra del jefe tendrá potestad ejecutiva.
Podrá el Jefe Supremo (de Parlamento, Revolución y, sobre todo, Nación), entonces, ejercer el privilegio que sólo al Führer concierne: la magnanimidad. Habrá hablado el pueblo: implacable contra las “agresiones imperialistas y sionistas”. Habrá hablado el Consejo de la Revolución: implacable contra las “agresiones imperialistas y sionistas”, pero, ante todo, místicamente identificado con la infalibilidad del Jefe Máximo. Sadam reconocerá la inequívoca razón de su pueblo y de sus camaradas. Pero les pedirá paciencia y generosidad, en nombre de ese amor a la paz, que diferencia al honrado pueblo iraquí de una democracia americana, madre de todas las degeneraciones y todos los crímenes.
Los observadores internacionales serán admitidos. Y empezará, por diezmillonesima vez, el juego del ratón y el gato entre los investigadores perdidos en el ignoto territorio iraquí, embrollados en el laberinto administrativo, militar y político de una dictadura impenetrable. La ambivalencia se habrá elevado a su escalón más alto. Y Sadam buscará alargarla, en la certeza elemental de que no hay país democrático en el cual la guerra no sea esencialmente impopular, y que la confusión y el tiempo trabajan esencialmente. ¡Alá es Grande!

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