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Aznar-Chirac: una extraña amistad

Aparentemente, la reciente cumbre hispano-francesa celebrada en Málaga, consagró la reconciliación entre los dos gobiernos tras una etapa de diferencias y malentendidos. Aparentemente, también Aznar y Chirac han recuperado la buena comunicación que otrora caracterizaba sus relaciones. Pero como entre España y Francia es el cuento de nunca acabar conviene ser precavido. Dado el carácter de ambos, en cualquier momento puede estallar la tempestad de nuevo.

Chirac fue el primer dirigente europeo que sin ambages ni melindres se solidarizó con los pescadores y mariscadores de la Costa de la Muerte tras la tragedia ecológica del “Prestige”. Era hasta cierto punto lógico porque la amenaza de la nueva piratería contaminante concierne también a nuestros vecinos que comparten costa y mares. Además, la opinión pública francesa está muy sensibilizada ante estos temas tras la catástrofe del “Erika” ante las costas bretonas y normandas, cuyas consecuencias todavía se están pagando.

El gesto de proponer una suerte de policía o vigilancia compartida en zonas marítimas colindantes y comunes probablemente es difícil de implementar sin la solidaridad, apoyo y contribución de los restantes países de la UE pero constituye un gesto muy de agradecer al presidente francés. Es evidente que España y Francia deberían trabajar juntas en esta tarea, pero no lo es menos que la responsabilidad europea no puede soslayarse ni sustituirse por un acuerdo bilateral de estas características.

Otro gesto simbólico de Chirac en Málaga fue el ofrecimiento de que la guardia civil, la policía y los servicios de inteligencia españoles compartieran con sus homólogos franceses la documentación e información proviniente de los comandos o militantes etarras detenidos en el hexágono (Francia). Obviamente estas facilidades estaban ya incluidas en el sistema de cooperación bilateral que funciona sin altibajos y al gusto de ambas partes aunque, como todo, es susceptible de mejorar.

El tercer gesto se refiere al siempre enojoso asunto de las comunicaciones transfronterizas o transpirenaicas. Chirac se comprometió en Málaga a que dentro de unos meses el túnel de Canfranc esté expedito, una vieja aspiración española siempre aplazada. Ahora parece que va en serio. Nada dijo, en cambio, sobre el retraso que arrastran los proyectos de alta velocidad entre Cataluña, Perpiñán y Montpellier, cuya finalización se sitúa ahora en el 2010. Es un asunto pendiente y sin solución. Por ahora, al menos. A los franceses ni les interesan ni les conmueven las reivindicaciones de Jordi Pujol.

Tantos gestos y tantas sonrisas deberían consagrar una reconciliación política pendiente tras las asperezas de la crisis de Perejil, cuando Chirac se inclinó por las tesis marroquíes ante el asombro de españoles y demás europeos. Hubo después otros gestos significativos: la presencia de Alain Juppé, mano derecha de Chirac en la fundación o refundación de FAES, el discurso de Aznar en París durante la presentación de la UMP, el partido presidencial francés, etc, etc.

En principio, el camino está expedito para que los dos dirigentes puedan resolver sus diferencias futuras sin recurrir al portazo o al malhumor incontrolado. Nadie les pide, por supuesto, que derrochen entusiasmo y calidez en sus relaciones. Son personalidades muy distintas, tanto en el terreno político como en el talante. Aznar es, aparentemente, gélido y desconfiado (hay una buena dosis de timidez en todo eso), Chirac desborda entusiasmo, apetito, ambición y... retórica. Entre un “populista” neogaullista (vaya mezcla) y un “centrista reformador” (otra mezcla imposible) puede haber una extraña, necesaria e intermitente amistad. Nadie les pide mucho más.

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