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Sabe Arzallus

Sabe Arzallus, él sí, lo que está en juego en las próximas elecciones municipales. ¿Cómo no va él a saberlo? Hace ya un cuarto de siglo que el PNV domina en virtuoso el arte del cual los demás, en el País Vasco, ni a la condición de aprendiz parecen aproximarse. Hace ya un cuarto de siglo que, en el País Vasco, el PNV es algo muy distinto de un partido. Es un Estado. Paralelo e implacable. Que todo lo controla: desde la enseñanza hasta los medios de información. Que sabe, sin resquicio a duda, que el poder es eso: control hermético de cada espacio público y de cada céntimo presupuestario. Que sabe muy bien que sólo manda de verdad aquel a quien todos los demás deben sus subsistencia. Y que ese poder, el único de verdad inexpugnable, no se comparte. A ningún precio.

Sabe, pues, que perder allí unas elecciones no es perder sólo –de modo más o menos transitorio– una instancia política: es perder el absoluto que le ha permitido situarse al margen de sometimiento a ley. Y, al saber eso, su desprecio hacia cualquier ñoñería ideológica es absoluto. Se trata de ganar. Y basta. Cambiando la ley electoral, si ello es preciso. Ofreciendo al desmoralizado funcionariado partidista del PSOE las limosnas que le sean necesarias para ir tirando. Todo es negociable. Menos una cosa: el poder. Menos una cosa: el control del dinero.

Y sabe que sólo aquel que controle dinero público y medios de comunicación públicos podrá decidir acerca de una independencia formal que remate la ya real en que la ausencia de ley y garantía estatales han abandonado a las provincias vascongadas.

Lo sabe. Es elemental. Sería estúpido reprocharle que defienda sus intereses.

Lo angustioso es otra cosa. Lo angustioso es la resignación casi suicida de quienes no tendrían más que mover un dedo para dar con ese proyecto al traste. La de esos PP y PSOE a quienes bastaría presentar listas únicas para barrer al PNV, en las municipales como en las autonómicas. La de esos PSOE y PP que, no teniendo más que dar ese elemental paso para restablecer la normalidad legal en el País Vasco, parecen empeñados en un juego de niñerías politiqueras que sería muy benévolo tachar de bizantinismo.

En listas únicas, los partidos no independentistas podrían, con bastante certeza, ganar. En listas separadas, ganará siempre el PNV. Así las cosas, el suicidio de los partidos españoles es sencillamente asombroso.

Desazona constatar hasta qué punto Arzallus ha entendido mucho mejor que sus adversarios no nacionalistas lo que está en juego en las próximas elecciones municipales vascas: se llama independencia. Y sólo Mayor Oreja se atreve a decir lo que todos saben: que, tras una victoria en esas elecciones, el paso de Ibarreche será, necesariamente, el referéndum.

Eso sabe Arzallus. Me niego a pensar que todos los demás sean tan necios como para no darse cuenta.

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