La guerra de Irak ha resucitado la teoría del dominó. No en la vieja forma (“si cae Vietnam, caerá Laos, y más tarde Camboya, y luego...”), sino en una variante optimista: Si una democracia se instala en Irak, ello provocará una reacción en cadena a lo largo de Oriente Medio; primero Siria, más tarde Irán, y al final Arabia Saudita. Esta teoría está siendo avanzada como última justificación del ataque a Irak. El propio Bush ha afirmado recientemente que “un nuevo régimen en Irak servirá como un ejemplo dramático e inspirador para otras naciones de la región”
El Departamento de Estado no está de acuerdo con esta visión, que está siendo impulsada por los halcones neoconservadores. Un informe con el claro título Iraq, the Middle East and Change: No Dominoes ha sido convenientemente filtrado a Los Angeles Times. Su tesis es clara: Irak es un país artificial y pobre, de variadas filiaciones religiosas y étnicas. No son por tanto las circunstancias propicias para una democracia al modo occidental. Ésta podría incluso degenerar en caos y/o antiamericanismo. Por ello, el Departamento de Estado apuesta por colocar en el poder a un hombre fuerte. En su opinión, “el único modo de alcanzar la estabilidad en el país es instalar otro hombre fuerte perteneciente a la minoría sunita”. A decir de muchos, este perfil se asemeja demasiado al de Sadam Hussein.
Los neoconservadores están indignados con esta propuesta. Para ellos, es imperioso demostrar que la democracia al estilo occidental puede radicarse en tierras tan ingratas como el Oriente Medio. La gran estrategia americana, tal como ha sido formulada en la nueva doctrina de seguridad, depende de la expansión de la democracia liberal a las cuatro esquinas del planeta. Irak ha de probar su validez. Por ello, han apoyado durante largo tiempo al Congreso Nacional Iraquí, liderado por Ahmed Chalabi. Éste es un aristócrata iraquí exiliado hace largo tiempo, licenciado del MIT y la Universidad de Chicago, y discípulo del legendario Albert Wohlstetter, el gran estratega nuclear americano. Esto nos da una pista de quienes son sus valedores, pues Wohsltetter fue maestro de Paul Wolfowitz y suegro de Richard Perle. A partir de Chalabi, éstos pretenden construir la nueva democracia iraquí.
No todos están de acuerdo con esta confianza en Chalabi y las variadas personas que se han agrupado en torno al congreso nacional iraquí. La CIA les detesta. El general Zinni les ha caracterizado como “tipos en Londres vestidos de seda y con un Rolex”. El propio Cheney parece haber perdido su confianza en ellos. Zalmay Khalilzad, responsable de la construcción del Irak post-conflicto, baraja nuevas opciones.
En todo caso, el informe del Departamento de Estado demuestra la preferencia de ciertas élites americanas, muy vinculadas al petróleo y a los sauditas, por las alianzas con jeques y sátrapas, que consideran más fiables que los gobiernos democráticos. Y los sauditas ya les han hecho saber que no se sienten cómodos con la idea de una democracia en su vecino del norte. En los últimos días, el forcejeo con los turcos al respecto de Irak –Turquía es desde hace décadas la niña bonita de los neoconservadores– está reforzando a quienes piensan que no hay razón para pensar que una democracia en Oriente Medio servirá mejor a los intereses de Estados Unidos.

No todos en EE UU quieren democracia en Irak
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