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Al fin, la modernidad política

Elf inventó la modernidad en la política francesa. A partir de los años ochenta. Lo está contando ahora, ante el tribunal que lo juzga por corrupciones múltiples, su Director General, Loïc Le Floch-Prigent. Elf, la todopoderosa compañía petrolera francesa, disponía de recursos económicos casi sin límite. Provenientes, entre otras cosas, de sus fantásticos negocios con el déspota irakí y quinta mayor fortuna del mundo, Sadam Husein. Elf disponía, en suma, de dinero bastante para romper las reglas del juego heredadas del arqueológico siglo XIX.

La corrupción fue siempre consustancial a la democracia. Una especie de tributo a pagar por la cesión del viejo sistema de despotismos. A lo largo de la segunda mitad del XIX se fue gestando su forma básica; la que culminaría durante los dos primeros tercios del siglo XX. Consistía en que cada nódulo importante de poder económico se dotase de su propio partido, lo financiase y, a través de él, lograra imponer como universales sus intereses propios.

Elf descubrió que no había por qué jugar a un sólo partido, cuando uno dispone de bastante dinero para comprárselos todos. Es lo que hizo. El relato ante el juez fue anteayer de un didactismo admirable: empezamos por financiar a los gaullistas de Chirac, luego, cuando Mitterrand se enteró, nos lo reprochó y nos explicó que no era muy elegante invertir tan sólo en ellos; a partir de entonces, financiamos a todos. Todo el parlamento francés fue, en algún momento, propiedad privada de la compañía petrolera Elf; la misma a la cual a ningún precio interesa la caída del tirano –pero socio generosísimo– Sadam Husein.

Alguien, en España es, hoy, tan moderno como Elf. Y tiene casi tanto dinero. Agotó con el PSOE de Glez.-Gal el, ya en declive, modelo clásico. Sabe PRISA, desde muy poco después de la derrota del 96, que no tiene ningún sentido jugar a un solo partido político cuando uno está en perfectas condiciones de comprárselos todos. Sin excepción. Todos. Pero es un hombre prudente, don Jesús Polanco. Antes de comprarse el PP entero, a la manera con que lo hizo con el PSOE, debe pasar a través de un experimento de laboratorio que pruebe la viabilidad rentable del proyecto. El experimento tiene un nombre: Gallardón. Y el laboratorio se llama Ayuntamiento de Madrid.

Por primera vez, las próximas municipales exhibirán ante los madrileños la ocasión ideal de ser modernos. Se les dará a elegir entre PRISA y PRISA. El futuro es ya presente.

En España

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