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Confusos signos desde Washington

Nadie hizo mucho caso a las primeras referencias que llegaron desde Londres sobre la necesidad de arreglar la cuestión palestina tras la guerra de Irak. Una nueva argucia de los sajones, pensábamos, para calmar la desazón de los aliados árabes. Tras Irak, tocan elecciones presidenciales en Estados Unidos, y Bush II no cometerá el error de su padre de enfrentarse a los amigos de Israel –judíos y derecha cristiana– en plena campaña electoral. Sin embargo, el reciente comentario de George Bush acerca de la urgencia de retomar el plan de paz (con una hoja de ruta, además, innegociable) tan pronto el nuevo primer ministro palestino Abu Mazen componga su gobierno, ha puesto en tensión al gobierno Sharon. ¿Es verdad, entonces, que George Bush va a obligar a Israel a sentarse a negociar sin dilación un estado palestino?

Las presiones sobre Estados Unidos al respecto de “poner firme” (otros dirían “dejar tirado”) a Israel aumentan día a día. Dadnos algo a cambio, implora Mubarak. Jack Straw, el canciller británico, compara los incumplimientos de la legalidad internacional de Israel con los Irak, ante la indignación de la clase política del estado judío. El apoyo tácito a la guerra de Arabia Saudita –está bombeando más petróleo- también hace sospechar que ha recibido garantías firmes de George Bush. Añádase a esto que Condi Rice exige, para hablar ante el congreso de la AIPAC, la poderosa organización de lobbystas proisraelíes, que su discurso sea secreto. ¿Acaso empieza a ser políticamente incorrecto en Washington fotografiarse con el legendario lobby judío?

Y sin embargo, cuando parecía que los Estados Unidos procuraban por todos los medios apaciguar la región ante el descontrol que pudiera surgir de la guerra de Irak, aparece Donald Rumsfeld y -misterio sobre misterio- amenaza a Siria y a Irán por alinearse con el régimen de Hussein y alentar el terrorismo. No se trataba de otro de los exabruptos del ministro de la guerra americano. Fueron las suyas palabras medidas que traía ya escritas. Colin Powell las refrendó poco después en un discurso en el mencionado congreso de la AIPAC (el discurso, por cierto, ha sido recortado para la tercera del ABC). Uno de sus adjuntos, John Bolton, ha añadido ante la misma audiencia que “ninguno de nosotros es tan ingenuo como para creer que bastará con el único ejemplo de Irak”.

La reacción del gobierno Sharon, muy quieto en los primeros días de la guerra, no se ha hecho esperar y, haciendo suyas las críticas americanas, ha avisado a Siria de los graves riesgos que corre y ha atacado las posiciones de Hezbollah en el Líbano. Los sirios, por su parte, han respondido que las acusaciones son infundadas y que demuestran la veracidad de lo que han estado afirmando en los últimos meses: Que la guerra de Irak es sólo el inicio de una serie de conflictos, y que Estados Unidos está luchando las guerras de Israel. Al mundo árabe le ha anonadado además el que Powell haya hecho estas declaraciones ante una entusiasta audiencia de “sionistas americanos”.

¿Cómo se compaginan estas decisiones: amenazar a Siria e Irán por un lado y forzar, por el otro, a Sharon a sentarse con los palestinos? ¿Cuál es, en fin, la estrategia de Estados Unidos: acabar pronto la guerra e impedir una tempestad en ciernes, o por el contrario, el plan consiste en escalar el conflicto? Quién sabe; nos guiamos por confusos signos.


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