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Pedro Schwartz

Sueños lunáticos

Mientras los europeos descubren sus profundas divisiones, la Convención Europea sigue sus trabajos como si tal cosa. Falta acuerdo sobre la moneda, la política social, la defensa, la OTAN, las relaciones con EEUU, la integración de nuevos miembros, la ubicación del poder. Tiene que nacer una Europa nueva, bien distinta de la que está alumbrando la Convención presidida por M. Giscard d’Estaign.

Empecemos por lo más pedestre: el euro. Desde el punto de vista económico, es indiferente qué moneda corre en un país, mientras esté bien gestionada y libre de control de cambios. Aparte problemas de transición, no creo que el Reino Unido fuera a sufrir más que otros países por la política monetaria ortodoxa del Banco Central Europeo: en realidad, sufriría menos, gracias a la mayor flexibilidad de su mercado laboral. Tampoco veo mayores razones para abandonar la libra esterlina, que ha sido bastante fiable, dentro de lo que acostumbran las autoridades monetarias. Pero la moneda única es principalmente un instrumento político, para conseguir “una unión cada vez más íntima de los pueblos de Europa”. Visto el comportamiento traicionero de franceses, alemanes y belgas durante la crisis de Irak, no creo que el pueblo británico vaya a aceptar ese euro político, inventado en Bruselas, Bonn y París. Para quienes creemos que la única posible garantía de estabilidad financiera es que haya varias monedas que compitan entre sí para atraer los inversores, no es nada malo que haya dos divisas en Europa.

Forman sin duda parte de nuestras malas tradiciones la semana laboral de 35 horas, las jubilaciones a los 50 años, los balnearios gratuitos para trabajadores en estado de tensión nerviosa, los sindicalistas metidos a consejeros de administración, los dos años de subsidio de paro, el puesto de trabajo garantizado. Pero en la sociedad mundializada del nuevo siglo la prosperidad se obtiene de otra forma. La Europa periférica, la del espíritu de Lisboa, la recién liberada del yugo soviético, se siente atraída por el ejemplo americano.

Pocas quimeras más patéticas se han visto que la de pensar que Europa vaya a poder hablar de tú a tú a EEUU en materia de seguridad militar. La vieja Europa sueña con un mundo de bondad universal y en el que no hay peligro que no se pueda conjurar con cariñosas reconvenciones. En Kosovo tuvieron que venir soldados y aviones del otro lado del Atlántico para meter en cintura a Milosevič. En Afganistán e Irak, los estadounidenses han recibido el único apoyo de los británicos, mientras el otro ejército que hay en Europa jugaba a la guerra en Africa, sin permiso de la ONU. En el fondo, ningún Estado europeo está dispuesto a romper con EEUU, pues les dejan usar las bases y el espacio aéreo sin protestar demasiado. Si queremos tener una política de seguridad propia, tendrá que ser modesta, limitada a nuestro continente, y basada en una OTAN con los americanos dentro, si es que no echamos a pique esta organización con desplantes imprudentes.

La marea de antiamericanismo que amenaza con anegar nuestra vida pública no tiene más diques que unos gobiernos perspicaces que han tomado partido por los EEUU, y unos pueblos del Este aferrados a una democracia que deben a los yanquis. Nuestra civilización occidental, común a ambos lados del Atlántico, levanta ampollas en otras sociedades, que envidian su prosperidad y poderío sin comprender sus fundamentos. Divididos caminaremos hacia la barbarie, unidos quizá consigamos extender la cultura de la libertad por todo el globo.

En una reciente cena de mandatarios de la UE, a la que invitaron a los países candidatos, se permitió el presidente francés reconvenir al primer ministro de un pequeño país eslavo por su postura de apoyo a EEUU en el Consejo de Seguridad y recordarle que ésa no es la mejor forma de ser aceptado en la Europa de los 25. No se dignó prestar atención a la mesurada contestación del increpado. Sólo a los postres volvió a dirigirse a él, llamándole votre Majesté, como era debido. Aún cree Chirac que Francia y Alemania pueden gobernar la UE a su antojo y conveniencia. Nunca nos alegraremos lo bastante de haber tenido el generoso gesto de abrir las puertas de nuestro club a tantos nuevos europeos.

Ante el esperanzador panorama de disconformidad, desacuerdo y transformación que vemos en nuestro continente, las labores de la Convención Europea adquieren una dimensión onírica. El proyecto de Constitución es, o bien vacío y contradictorio, o bien reglamentista y conservador. El primer artículo de los 28 hasta ahora destilados por el presidente d’Estaign no pasa de ser un galimatías inquietante. ”La Unión obrará en pro de una Europa con desarrollo sostenible basado en un crecimiento económico equilibrado y en la justicia social, con un mercado único libre y una Unión Económica y Monetaria, persiguiendo el pleno empleo y generando un alto grado de competitividad y un nivel de vida elevado”: mucho desarrollo sostenible pero nada de propiedad privada ni libertad de empresa. Un nivel de vida elevado no se alcanza a fuerza de decretos, sino que es el resultado de la competencia empresarial en un mercado abierto. Pero no se pierdan la frase que sigue: “la Unión desarrollará la investigación científica y tecnológica, incluida la exploración espacial”. Propongo que enviemos a M. Giscard d’Estaign no a la luna sino al planeta Marte.

Pedro Schwartz es presidente del Instituto de Estudios del Libre Comercio y columnista del diario La Vanguardia, Barcelona.

© AIPE

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