No han tenido que pasar muchos días para que el inicial entusiasmo del Partido Socialista en la noche electoral se vea puesto en entredicho por muchos de los propios candidatos y lideres socialistas. Lo mas llamativo es que muchas de esas criticas no provienen de los candidatos perdedores. Son los ganadores los que ponen el grito en el cielo y advierten a sus militantes de la mala gestión de la campaña y de los resultados. Inicialmente, cuando escuchábamos a personajes como Pepín Blanco decir que la victoria socialista había sido clara y contundente, parecía que escuchábamos una estrategia puesta en marcha para amortiguar el entusiasmo del Partido Popular. Ahora la realidad que se percibe es muy diferente. El intento de la actual dirección de vender los resultados del 25 de mayo como una victoria socialista tiene un único objetivo: frenar la avalancha de críticas internas que son públicas y notorias, y que prometen ir a mas.
La mayoría de los que han elevado la voz han evitado hacer una crítica directa al secretario general, por aquello de las formas. Pero desde luego, con los que nadie ha tenido compasión son con los que forman el equipo de Zapatero. Criticas, con tres nombres: Blanco, Caldera y Pérez Rubalcaba. Aunque es verdad que estas elecciones todavía no han pasado factura al Partido Socialista, va a ser inevitable que antes o después se registren turbulencias internas. Los resultados, en general, no han sido buenos y allí donde el PSOE ha sacado la cabeza ha sido gracias a candidatos claramente desvinculados de la línea electoral marcada por José Luis Rodríguez Zapatero. Es evidente, las urnas así lo han dicho, que las apuestas personales del secretario general socialista han sido un sonado fracaso.
Con este panorama, la situación se complica para Zapatero. Hasta ahora el líder socialista se las tenía que ver, más bien con poca fortuna, con Odon Elorza o con Pascual Maragall. Pero esta lista de indisciplinados aumenta con otros nombres como Juan Alberto Belloch o Rafael Simancas. Sin olvidarnos de José Bono, que con su nuevo triunfo en Castilla-La Mancha, se inviste con una autoridad política interna que por el momento en las filas socialistas nadie quiere asumir. Ciertamente, las elecciones municipales y autonómicas han abierto la caja de los truenos en el PSOE. No estamos en una dinámica de recuento de votos, nos encontramos ante una crisis interna en toda la regla. Zapatero ha fracasado a la hora de elegir a los candidatos, a la hora de dinamizar las candidaturas y a la hora de plantear una estrategia global electoral. Los suyos han fallado y los que han ganado han sido los que desde el primer momento han ido por libre.
Esta realidad es indiscutible, les guste o no les guste. Pueden esconderse a la espera de que escampe la tormenta, pero el peligro que tienen es que esa tormenta no sea pasajera y al final el daño sea mucho mayor. Si Zapatero piensa que es suficiente con acurrucarse para aguantar el tipo, se equivoca. Debe de reconocer los errores, cambiar formas y, sobre todo, renovar personas. Sus equipos son deficientes e inapropiados, ese ha sido siempre uno de sus grandes deficiencias. Seguir así, no reconocer sus propias debilidades, es empezar a cavar su propia tumba. Avisado esta desde fuera, pero también esta avisado desde dentro. Ahora todo depende de el, pero encastillarse con lo que tiene, es condenar al PSOE a otra debacle en el año 2004. ¡Qué rápido se ha olvidado de la experiencia de Joaquín Almunia en el año 2000! La historia es demasiado clara como para olvidarla. La caja de los truenos comienza a sonar. Los rayos, los relámpagos y las centellas no tardaran en llegar.

Rayos, truenos y centellas
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