Terminadas las elecciones federales y locales, empieza la falsificación habitual en los medios sobre cómo deben interpretarse los resultados. Una de las tonterías más frecuentes tras unas elecciones es la de interpretar los resultados como si existiese un elector colectivo, dotado de voluntad y razonamiento uniforme, que diseñó de antemano los resultados deseados. Tal cosa sólo existe en la imaginación de los analistas improvisados o interesados en llevar agua a su molino.
Por eso, comentarios como “los electores mexicanos decidieron mantener una composición dividida en el Congreso, de forma que ningún partido tenga la mayoría absoluta” son pavadas. Cada elector votó deseando que su voto fuese el que definiese la elección, no haciendo imposibles cálculos de cómo se combinaría su voto, entre centenares de miles, para obtener un resultado distinto del que expresó en la papeleta. Nadie vota por el candidato del partido A en el distrito 3, pensando que ese voto influirá para que llegue a la cámara el candidato del partido B por el distrito 24.
Otra tontería, que sin duda se repetirá hasta el hartazgo, es que estas elecciones no fueron lo que fueron sino otra cosa; es decir, un plebiscito sobre el gobierno de Vicente Fox o sobre Andrés López en la capital o acerca del gobierno de Fernando Canales en Nuevo León o el de Fernando Silva en San Luis Potosí. Los electores no somos idiotas. En estas elecciones no aparecieron los nombres de esos políticos, nadie nos pidió votar a favor o en contra de ellos, sino por un conjunto variopinto de candidatos a diputados federales y, en el caso de elecciones locales, por tales o cuales candidatos a gobernador o a diputados locales.
En términos de las elecciones federales, se votó por los candidatos a diputados en 300 distritos en los que se divide México, e indirectamente (listas que nadie ve en el reverso de las boletas) por 200 candidatos plurinominales. Cada uno de las 300 curules de mayoría se compitió sólo en el distrito específico que le correspondía. A su vez, los 200 curules de representación proporcional se compitieron en cinco circunscripciones en que se divide el país, de forma que los electores sólo influimos, muy indirectamente, en la conformación de los 40 curules plurinominales que corresponden a nuestra circunscripción.
Así pues, ni elector colectivo que definió de antemano cómo quiere que se conforme la próxima cámara de diputados, ni plebiscitos. Simple y llanamente, elección de diputados federales que, de acuerdo a la compleja mecánica de las leyes electorales, arroja tales o cuales resultados específicos que son la resultante del conteo de millones de sufragios. ¿Esto expresa “la voluntad colectiva de los mexicanos”? De ninguna manera, porque no existe cosa tal como una voluntad colectiva. La voluntad es personal e intransferible.
© AIPE
Ricardo Medina Macías es analista político mexicano.

Las elecciones que no fueron
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