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Pedro Schwartz

Privatizar la TV pública

Los mejor intencionados sufren “el síndrome BBC”, reconocible por dos síntomas: la esperanza de que en España sea repetible un servicio no comercial de TV a la británica; y la creencia de que la BBC es neutra

Un “Comité de sabios” presidido por Emilio Lledó ha cocinado un Informe sobre el futuro de RTVE, con un voto particular y crítico de Fernando González Urbaneja, el presidente de la Asociación de periodistas. La postura de Urbaneja es la más sensata de todas. Denuncia que la propuesta del resto de los sabios es continuista, pues no corregiría la alegría en el gasto, el mal uso de los recursos humanos, la desorganización burocrática, la falta de espíritu comercial de nuestra televisión pública. Urbaneja tiene razón. Si el Estado asume la deuda de 7.000 millones de euros acumulados por RTVE y además subvenciona la mitad del gasto de las cadenas públicas con 600 millones de euros anuales (la parte que se considera “servicio público”), faltará incentivo para reformar. Además, una TV que tira con pólvora del rey en uno de los dos cañones, seguirá planteando una competencia injusta a las TV privadas, por mucho que se le obligue a reducir la publicidad que contrata.
 
No parece habérseles ocurrido a los miembros del Comité que la mejor televisión pública es la que no existe. Es un síntoma de la decadencia de la democracia sin reglas bajo la que vivimos el que se considere normal que haya una televisión gubernamental, sea nacional o de las Autonomías. ¿Por qué todo el mundo considera posible confiar en la competencia mercantil para conseguir una oferta variada, contrastada y libre de publicaciones escritas y parezca normal que las autoridades controlen uno o varios canales de TV? Para disimular sus apetencias, los lobos gubernamentales se visten con pieles de cordero y hablan con voz profesoral de la necesidad de un “servicio público” de TV. La verdad es otra: los políticos no quieren soltar un poderoso instrumento de convicción subliminal que les permite mejorar su imagen e influir en el voto.
 
Los mejor intencionados sufren “el síndrome BBC”, reconocible por dos síntomas: la esperanza de que en España sea repetible un servicio no comercial de TV a la británica; y la creencia de que la BBC es neutra. Todo servicio público televisivo se caracteriza por el paternalismo y la falsa objetividad: moraliza aburriendo y cae en lo “políticamente correcto”, como hoy se dice. Entre las dos guerras mundiales, Churchill tuvo que comprar tiempo en Radio Montecarlo para avisar de los planes agresivos de Hitler y pedir incansablemente el rearme, porque la BBC apelaba por turno al partido conservador y al laborista, ambos contrarios al rearme del Reino Unido. El mes pasado la BBC, siempre al servicio del “establishment”, ha admitido un prejuicio subliminal contra los críticos del proyecto de Constitución europea,
 
Ya sabemos que la TV española en abierto es de ínfima calidad, pero los que se sientan disgustados por sus tristes programas deben aplicar el sano correctivo de marcharse a la competencia, aprovechando la oferta de los innumerables programas de todo el mundo puestos a nuestra disposición gracias al satélite, el cable y la banda ancha.
 
© AIPE
 
Pedro Schwartz es profesor de la Universidad San Pablo CEU y académico asociado del Instituto Cato.

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