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Historias divertidas

Al enterarse Bonifacio que era buscado, se escondió y los buscadores le preguntaban al loro que donde estaba su amo, contestando que en la cueva (sótano de la casa). Al no encontrarlo se llevaron al loro a la cárcel del pueblo.

Cada vez son más los libertarios devotos de la escritura que me cuentan historias divertidas en las que interviene el lenguaje, la comunicación. En este caso vale la pena registrar la historia que cuenta Agustín Fuentes. Podría pasar por un excelente cuento literario. Transcribo:

El sucedido es de hace unos años, no más de quince, en un recorrido que hicimos mi mujer y yo por la cornisa cantábrica usando trenes de cercanías, vías estrechas y, cómo no, el ALSA; pues bien, en una preciosa estación de un pueblín de por allá arriba, creo que Ribadesella pero no estoy seguro, con una estación antigua, de las de reloj a dos caras de los de antes, rodeada de bosques y verdores, mientras mi cónyuge despachaba con una señora que iba a Avilés –al entierro de un cuñado– yo me dirigí al empleado del ferrocarril para solicitarle una guía de los trenecillos.

El hombre iba en mangas de camisa y con un chaleco, eso sí, perfectamente abotonado, mientras empujaba un carro de los que había antes en las estaciones: con cuatro ruedas, construidos con tubo, los laterales estrechos elevados y plataforma de madera; parecían camas rodantes. Me respondió parco de palabras pero con amabilidad indicándome que debía de pedirla en la oficina y añadió una pequeña explicación acerca de la situación de esta y la ventanilla correspondiente (que, por otra parte, no tenían mucha pérdida ninguna de las dos). Allí que me fui y encontré la ventanilla sin dificultad, quizás porque era la única que había, pero cerrada con un batiente de madera. No se me ocurrió mejor cosa que dar unos golpecillos en el cierre y, para mi sorpresa, a los pocos segundos se abrió y apareció el mismo personaje al que me había dirigido antes en el andén. Ahora, sin embargo, se había puesto la chaqueta y la gorra, y me preguntó con su mejor sonrisa que qué era lo que deseaba: lo único que se me ocurrió fue volver a solicitarle la guía de los trenes; a ello me contestó que lamentaba decirme que estaban agotadas desde hacía varios meses y que no las habían repuesto; me dió los buenos días y cerró el portillo. Cuando salí al andén lo ví nuevamente sin chaqueta y sin gorra, en mangas de camisa y con el chaleco abrochado, siguiendo con su trajín de sacas de correo en la plataforma. A mí la situación me pareció divertida y la conciencia profesional de aquel empleado, el único en la estación para todos los haberes, cosa de mucho respeto.

José Ignacio Benavides (cónsul general de España en Andorra) narra una divertida historia a propósito de nombres:

Es un caso que me ocurrió hace bastantes años cuando en el Consulado General de la Nación en Caracas tenía a mi cargo el Registro Civil Consular. La empleada que llevaba esa sección entró un día en mi despacho con cara de perplejidad. "Señor Cónsul, ¿con qué nombre vamos a inscribir a este niño?" El certificado literal de nacimiento del Registro venezolano que el padre de la criatura traía para la trascripción en el nuestro indicaba como nombre "San Pío V". Aunque ya estaba acostumbrado a los nombres más pintorescos, aquello picó mi curiosidad.

Para tratar de aclarar tan peregrina ocurrencia hice pasar al padre a mi despacho para "confesarle". El diálogo, más o menos, fue así:

– Vamos a ver. El nombre que ha impuesto usted a su hijo no es un nombre propiamente dicho. Veamos, ¿por qué le ha llamado "San"?
– Mire usted. En las películas de vaqueros hay muchos que se llaman "San" y es un nombre que me ha gustado.
– No, hombre, no. No es "San", es "Sam", que es un diminutivo de "Samuel".
– ¡Ah!, entonces no lo ponga usted porque no me gusta.

Algo habíamos avanzado. La siguiente fase era ver de dónde venía el "Pío V". Y la respuesta fue demoledora:

– Es que uno de los abuelos se llama "Pío" y el otro se llama "Quinto"...

Pues por ahí debe andar todavía el pobre Pío Quinto, que es como fue inscrito.

José Antonio Martínez Pons se lamenta del virtual analfabetismo de los actuales estudiantes universitarios. Narra la historia de una alumna que vino a la "revisión de exámenes", un eufemismo que don José Antonio lo interpreta como "llorar hasta que se le apruebe". La entrevista discurrió así:

─ Hágame el favor de leer su respuesta [a la pregunta] en voz alta.
─ ¿Qué?
─ Que me la lea en voz alta.
(La alumna leyó las tres o cuatro líneas)
─ ¿Se ha enterado usted de algo?, le pregunté. Me miró, miró a su entorno y al final fue honesta y dijo:
─ No.
─ Pues yo tampoco.

Puedo certificar que yo he experimentado muchas veces situaciones parecidas a la descrita con alumnos que vienen a la "revisión de exámenes".

Abel V narra una historia que parece realismo mágico:

En Mota del Cuervo (Cuenca) en aquellos años, tan tristes, de la Guerra civil, vivía el matrimonio de Bonifacio e Irenia, propietarios de un loro precioso y muy dicharachero. Al enterarse Bonifacio que era buscado, se escondió y los buscadores le preguntaban al loro que donde estaba su amo, contestando que en la cueva (sótano de la casa). Al no encontrarlo se llevaron al loro a la cárcel del pueblo y allí pasó los tres de la guerra, en la ventana de la cárcel que estaba en la por donde tenían que pasar los chicotes para ir a la escuela. El loro les llamaba la atención diciéndoles "A la escuela perros". Continuaba con la numeración hasta que los niños decían cuatro y el les contestaba "corre, corre que te pilla el gato" Yo al loro lo conocí al acabar la guerra, con seis años.

En Sociedad

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