La situación de descontrol en la que ha derivado la crisis en la calle Génova ya es total. La sangría que se vive en todos los frentes no tiene precedentes en la historia del Partido Popular. Todos los días hay alguna nueva turbulencia, cuando no cataclismo, que demuestra que el malestar va en aumento y que ya llega a todos los rincones del partido.
Lo último que hemos conocido es la negativa de Nuevas Generaciones a convertirse en cheerleaders de Mariano Rajoy. El pasado domingo Nacho Uriarte tuvo un fuerte enfrentamiento con, no podía ser otro, José María Lasalle, quien pretendía que los cachorros populares llevaran unas camisetas de apoyo a Rajoy en un acto público convocado en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. Una negativa que terminó a voces, las del jefe de gabinete de Rajoy, que no parece tener otra forma de hablar con los dirigentes del PP que se niegan a obedecer sus órdenes. Si hasta las Nuevas Generaciones se manifiestan con esta claridad es que la crisis del PP carece ya de fronteras.
A esto hay que añadir la comparecencia pública de Alejandro Ballestero en el Congreso, en una rueda de prensa a título personal en la que ha manifestado sus críticas a Mariano Rajoy y a su incapacidad para mantener el liderazgo del partido. Un paso más en la marcha agónica hacia el Congreso de Valencia. Lo más revelante es que Ballestero ya no es un caso aislado en el grupo parlamentario. Ayer fue Elorriaga y mañana ya veremos quién sale; pero lo que está claro es que se ha perdido el respeto a la autoridad, simplemente porque no hay liderazgo. Y lo que es más grave, Rajoy se está encontrando con una vía de agua de dimensiones imprevisibles en su propio grupo. Algo demasiado peligroso en una legislatura que acaba de empezar.
Mariano Rajoy alardea de tener el respaldo de los barones del partido. De acuerdo, pero que nadie se engañe: eso no es suficiente. El verdadero poder político está en el Parlamento y si Rajoy no tiene el apoyo de su grupo parlamentario no podrá llegar muy lejos. Lo que vuelve a quedar claro es que el peligro para la actual dirección del PP no está fuera. Su incapacidad para dirigir a su partido ha provocado que los enemigos, sus enemigos, estén solamente dentro. Lo demás son maniobras de distracción. Y ellos lo saben.
