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La Justicia, pendiente de una gripe

Se sabe de sobra que los partidos políticos se reparten la tarta judicial, especialmente desde la infame reforma de Gallardón, pero es que ya ni siquiera se preocupan lo más mínimo en disimular.

La mascarada de la independencia judicial se ha visto coronada este lunes por unas gotas de esperpento: toda una renovación del órgano de gobierno de los jueces se ha visto retrasada porque el líder del partido de la oposición tiene gripe. Para más inri, esto provocará todavía un mayor retraso debido a otro problema de salud: la operación del Rey el próximo día 21, que impedirá a los nuevos miembros del CGPJ jurar su cargo ante el monarca hasta no se sabe cuándo.

Pero si la mala salud de Don Juan Carlos es algo esperable dentro de una monarquía parlamentaria -aunque el estado actual del Rey es algo sobre lo que cabría debatir-, que una decisión como renovar el CGPJ dependa de la gripe de Rubalcaba es un ejemplo grotesco del estado de la la Justicia, y de la verdadera independencia de los jueces.

Se sabe de sobra que los partidos políticos se reparten la tarta judicial, especialmente desde la infame reforma de Gallardón, pero es que ya ni siquiera se preocupan lo más mínimo en disimular que todo es una mascarada.

Es decir, el gobierno de los jueces ni siquiera lo decide un Parlamento realmente soberano, conformado por diputados responsables que responden ante sus votantes –que ya sería un método discutible–, sino que es el producto de un trueque entre dos señores con barba. Y si uno de ellos no puede comparecer en el reparto, se suspende el apaño hasta nueva noticia.

Habrá quien piense que esto no es tan importante, pero lo cierto es que este sistema legal pero absolutamente inmoral no es en absoluto ajeno a algunas de las peores noticias que mueven al estupor y la indignación, como la salida de etarras de la cárcel a la velocidad del rayo o la impune corrupción rampante que ahoga la vida política y la economía de vastas zonas del país.

Quizá sea optimista pensar que nada de esto pasaría si, en lugar de una Justicia controlada hasta el ridículo por los líderes de los partidos, imperase aquí una auténtica separación de poderes; si el futuro profesional de los jueces que instruyen y juzgan casos de corrupción no dependiese de la misma cúpula partidista que en no pocas ocasiones está implicada en los delitos juzgados; si decisiones clave como las del Tribunal Supremo o el Constitucional no se pudieran telegrafiar desde el poder político. No, probablemente España tampoco sería perfecta con una Justicia independiente, pero sí sería mucho mejor si el gobierno de los jueces no dependiese de la gripe de Rubalcaba.

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