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Juan Carlos Hidalgo

El león 'Cecil'

En el siglo XXI, sobre todo en Occidente, encontramos intolerable el sacrificio de animales sin que medie la satisfacción de una necesidad humana.

La indignación mundial por la muerte de Cecil –el imponente león que cautivó por años a turistas en Zimbabue– a manos de un cazador estadounidense ilustra la naturaleza evolutiva de nuestra actitud hacia otras criaturas. ¿Por qué tanta ira por la muerte de un animal?

Una explicación la podríamos encontrar en La teoría de los sentimientos morales, donde Adam Smith, al escribir sobre el enojo y la pertinencia del escarmiento como herramienta social, señalaba:

La existencia misma de la sociedad exige que la malignidad no merecida ni provocada sea restringida mediante castigos apropiados, y por consiguiente, que el infligir esos castigos sea considerado algo correcto y loable.

Desde esta perspectiva, la rabia por la muerte de Cecil radica en lo malicioso e innecesario del acto. Aun si la caza hubiera sido legal –que no lo fue–, la conmoción probablemente sería la misma. No se trató de una cacería por alimento o control de especies, sino por deporte; por la simple adrenalina que siente alguien por matar a otro ser vivo.

El énfasis de Smith en su obra eran las ideas y acciones de los seres humanos como criaturas sociales, por lo que difícilmente haya tenido en mente el maltrato animal. Sin embargo, en las últimas décadas nuestras sociedades han ido evolucionando en el reconocimiento de ciertas prerrogativas a otros seres vivos. Como vemos con Cecil y muchos otros casos que tristemente salen en las noticias, existe una creciente intolerancia hacia el maltrato y la tortura de animales.

Obviamente, este proceso de definición –de lo que es una convención social– no está libre de contradicciones y áreas grises. Algunas criaturas reciben más empatía que otras, por ejemplo. Es quizá en un contemporáneo de Smith donde encontramos un enunciado más preciso. El jurista británico Jeremy Bentham describió lo que él consideraba la "línea insuperable" en nuestro trato con los animales: "Si un ser sufre, no puede existir justificación moral para no tomar ese sufrimiento en consideración". Hoy sabemos, gracias a un acervo científico de varias décadas, que muchas criaturas piensan, tienen emociones e incluso cuentan con cierto sentido de la justicia.

Volviendo a la pregunta inicial, nos indigna la muerte de Cecil porque en el siglo XXI, sobre todo en Occidente, encontramos intolerable el sacrificio de animales sin que medie la satisfacción de una necesidad humana. Su asesino merece el castigo que sin duda ya está recibiendo.


© El Cato

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