Como ocurre siempre que el agredido no es de su cuerda, los adeptos a la izquierda y la extrema izquierda han corrido a desvincular la brutal agresión que sufrió este miércoles Mariano Rajoy de cualquier motivación política.
El argumento se cae por su propio peso, es ridículo pretender que hay cualquier otra motivación en un atentado nada menos que contra el presidente del Gobierno; en una agresión que ha sido premeditada, que el agresor anunciaba a sus amigos y que, tal y como toda España ha podido ver, se llevó a cabo con una escalofriante frialdad y, por supuesto, sin que mediase no ya provocación alguna, ni siquiera una discusión que pudiese haber caldeado los ánimos.
Que el agresor sea lo que parece, un formidable ignorante, no excluye la intención política sino que la ceba: ha agredido a Rajoy porque es un fanático ultraizquierdista que odia al presidente del Gobierno y del PP, no porque se lo haya encontrado casualmente por la calle y padeczca un trastorno mental que le impele a golpear a los hombres con barba.
Pero ninguna de estas obviedades preocupa lo más mínimo a esos medios de comunicación y comunicadores que, preocupados por la posible repercusión electoral que el atentado pudiera tener, se apresuraron a desvincular la agresión de cualquier motivación política. Ni a quienes aprovecharon para atacar a "la caverna" de la agresión sufrida por el supuesto líder de los cavernícolas. Ni a los miserables que, incluso cuando las imágenes ya habían llegado al último rincón de España, minimizaron el brutal puñetazo calificándolo de "sopapo" o “manotazo”.
Tampoco parece demasiado preocupada la propia víctima, el presidente del Gobierno, que ha anunciado que no denunciará al malhechor. El señor Rajoy puede estar animado por la magnanimidad, pero se trata de una decisión completamente errada: los ataques contra la autoridad no pueden quedar impunes, el presidente del Gobierno debe ser ejemplar en este punto y poner por encima de sus sentimientos el cargo que ostenta y el interés de la Nación. Sencillamente, no es de recibo que, cuando las propias instituciones urgen a las víctimas de la violencia de todo tipo a denunciar sus padecimientos, el jefe del Ejecutivo haga todo lo contrario cuando la víctima es él.
La denuncia del presidente del Gobierno, la rotunda condena social y el castigo ejemplarizante son de todo punto imprescindibles en este caso, que ha de servir como advertencia para todos aquellos que andan predicando las bondades de la violencia y del acoso para imponer su agenda, que nada tiene de regeneradora y todo de liberticida.

