El presidente en funciones del Gobierno ha afirmado que, pese al penoso resultado electoral que cosechó el 20-D, no va a dar "un paso al lado" y ha proclamado una vez más su intención de seguir al frente del PP, al que está sumiendo en una crisis que puede comprometer incluso la supervivencia del propio partido.
"Yo no soy Artur Mas", ha advertido Rajoy. Desde luego. Pero, como Artur Mas, tampoco es un ejemplo ni de transparencia ni de lideazgo democrático.
¿A quién teme Mariano Rajoy? Si tan seguro está del respaldo de los suyos, ¿por qué no deja de incumplir los estatutos del PP y convoca de una vez el postergadísimo Congreso Nacional del partido? ¿Y por qué no apuesta por el impecable principio de "un militante, un voto"? Evidente y lamentablemente, son preguntas retóricas: Rajoy teme a los suyos porque sabe que muy problablemente los suyos dejarían de serlo si pudieran expresarse sin temor a represalias; Rajoy no convoca un Congreso Nacional porque ni siquiera teniendo todos los resortes en su mano se fía de sus correligionarios; Rajoy no apuesta por el principio de "un militante, un voto" porque sabe que la posibilidad de que sufriera una derrota ominosa es muy elevada. Rajoy, en fin, sabe que para muchos populares es un lastre que está hundiendo al partido, quizá irremediablemente.
Como bien saben en el PP, la imagen del partido está por los suelos, por sobradas y vergonzosas razones, omnipresentes en los medios de comunicación. Para multitud de españoles, el PP es un partido ya no desnortado, sino al borde del colapso por la corrupción, muy principalmente. Si hay una formación necesitada de apertura, democratización y transparencia, esa es la que refundara Aznar en 1990 sobre las cenizas de la esclerotizada Alianza Popular. Pero Rajoy se niega. Rajoy machaca a los que claman por la renovación y, erre que erre, dice que él no es Artur Mas y que no piensa dar "un paso al lado".
Rajoy es el cerrojazo. Rajoy es la involución. Rajoy es, en fin, lo peor que podía pasarle al PP.

