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Francisco José Alcaraz

La normalización del mal

Fruto de esa corta memoria y pérdida de valores hemos llegado al indigno punto de normalización de los terroristas de ETA y sus defensores.

11 de diciembre de 1987: pasadas las 6 de la mañana, en el cuartel de la Guardia Civil de Zaragoza dormían mi hermano Ángel, 17 años, mi hermana Rosi y mi cuñado Juan junto a mis sobrinas gemelas, Miriam y Esther, de poco más de 3 años. Un coche bomba de ETA explosiona bajo las ventanas donde dormía mi familia, asesinando a 11 personas e hiriendo a más de 80. Entre los asesinados estaban mi hermano y mis sobrinas.

Inicio este artículo recordando lo que pasó aquel día, han pasado 32 años y muchos de los jóvenes y menos jóvenes desconocen este atentado y sus consecuencias. Sé que para una gran parte de la sociedad española han pasado muchos años, no así para los que vivimos las décadas de asesinatos de ETA, y mucho menos para mi familia, para nosotros siempre fue ayer. La pérdida de mi hermano y mis sobrinas marcó un antes y después, nos dejó un vacío que se incrementa con cada episodio de humillación y ofensa a las víctimas del terrorismo.

Fruto de esa corta memoria y pérdida de valores hemos llegado al indigno punto de normalización de los terroristas de ETA y sus defensores. En estos últimos meses hemos tenido que ver al terrorista Otegi en la TVE que pagamos todos. La traición ha continuado con la inaplicación de la Ley de Partidos, con lo que se permite que los proetarras tengan hasta 5 diputados en el Congreso.

Sigue habiendo acercamientos y excarcelaciones de etarras, acercamientos y excarcelaciones que todos los Gobiernos han facilitado para cumplir con lo negociado con ETA, mientras casi 400 asesinatos siguen sin ser juzgados por desconocerse los autores.

Se invita a etarras asesinos a dar conferencias en universidades para facilitar y justificar el blanqueamiento de ETA. Josu Ternera, detenido recientemente, sigue en Francia sorteando toda posibilidad de ser extraditado a España, y el tiempo sigue jugando a su favor para que no sea juzgado por ordenar el atentado en el que se asesinó a mi familia.

El terror de ETA y su herencia se han normalizado tanto que cualquier iniciativa para pedir justicia y conocer la verdad es vista con extrañeza por la clase política, y gran parte de la sociedad española comenta: "Pero si ETA ya no existe". Como si el cese de sus asesinatos conllevara la renuncia a la justicia que merecemos las víctimas y España.

La normalización del terror ha hecho mella y generado una creciente falta de empatía. Si por un momento pensaran que sus hijos o nietos pudieran perder la vida en un asesinato, y los que lo cometieron, justificaron o permitieron llegaran a ser sus gobernantes, o a ser conferenciantes o tertulianos de televisión, estoy seguro de que sentirían la misma indignación y decepción de vivir en un país donde se ha normalizado el mal.

Normalizar el mal y aprender a convivir con el terror conlleva la autodestrucción de España, una vez traspasadas tales líneas de inmoralidad e indignidad.

Se negoció con ETA, normalizando la traición a España, y de aquella negociación se sigue ocultando lo pactado; pero sí conocemos los compromisos por los hechos.

Ahora se sigue negociando en secreto con los enemigos de España y los amigos de los etarras, con lo que se contribuye a la consecución del proyecto político de ETA, que es la destrucción de lo que queda de la unidad de España.

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