
En tiempos de inflación, lo que sube es el pan, no los pasteles. Las latas de caviar cuestan lo mismo que antes de que la inflación se haya disparado hasta el 10,8%, porcentaje que contemplaremos con añoranza de buenos tiempos de aquí a pocos meses, tal vez semanas. En cambio, el pollo y las verduras han subido más de un 15%. Y los huevos y la leche, un 22%. Leche que según los ganaderos españoles va a escasear en otoño. Eso de las estanterías vacías recuerda la ley de la ventana rota. Son pequeños detalles que anticipan grandes dramas. Igual que cuando en febrero ya no había mascarillas en las farmacias a pesar de que los voceros del Gobierno se reían a mandíbula batiente de esa "especie de gripe".
El descojono también fue generalizado, por cierto, cuando a principios de este año el ministerio de Defensa de Austria difundió una campaña en la que prevenía a la población sobre cortes prolongados de suministros de agua, luz y gas. Eso era, según los expertólogos, una secuela de las neurosis coronavíricas. Los mismos que se reían de esto y aquello dijeron luego que la invasión de Ucrania sería una operación "relámpago" porque Rusia es una potencia descomunal y los ucranianos, un hatajo de nazis. Y así vamos para bingo.
Este mes de agosto se cumple un año del comienzo de la escalada de los recibos de la electricidad y el gas. Entonces, que Rusia trate de invadir Ucrania era una posibilidad, pero no una certeza absoluta, de modo que el riesgo de una guerra en el este de Europa cotizaba cero en los mercados. Y este mes también se ha superado el récord absoluto en el coste de la energía eléctrica, pero se trata de un registro del todo efímero. Esto no ha hecho más que empezar. Las crisis duran años y las recesiones, más. Hay causas ajenas a las competencias de los gobiernos en los desastres económicos, pero el nuestro es partidario de soplar sobre las heridas en vez de aplicar yodo. Y son los gobiernos los que siembran las semillas de las grandes catástrofes.
Se entendía que el "doctor" Sánchez había depositado la gestión económica en manos de gente experta encarnada en Nadia Calviño, un alto cargo en Bruselas, especie de mujer de negro cuya capacidad contradice la fama, sin duda exagerada, de los funcionarios de la Unión Europea. También venía de un organismo internacional la exministra de Exteriores Arancha González Laya. El comodín del Ejecutivo de Sánchez frente a su dolosa incompetencia económica es la "emergencia climática", extraordinaria cortina de humo sustentada en supersticiones apocalípticas que se difunden con gran éxito a través de esa especie de propaganda subliminal de los mapas del tiempo en rojo y negro. Cuenta además el Gobierno con el concurso de los sindicatos, que tras disfrutar del último verano se disponen a movilizarse contra las patronales para que haya subidas de sueldo. Suena genial, pero eso no frena la inflación, sino que la agudiza.
Pudiera parecer que todo conspira para que el último campeón de las encuestas tras Casado, Alberto Núñez Feijóo, sea el próximo presidente del Gobierno. Las dos etapas de gobierno del PP se han caracterizado por las recuperaciones económicas y cierta estabilidad. El Ejecutivo de Aznar logró cumplir con los requisitos de la Unión Europea para entrar en la primera fase del euro y el de Rajoy logró esquivar la intervención de la economía nacional y que España fuera la nueva Grecia de la UE tras el delirante desempeño de ese presidente Zapatero que iba a aprender de economía en dos tardes.
Y es que los problemas vienen de lejos y tienen que ver, además, con la fascinación de la izquierda española por el peronismo, el castrismo y el chavismo. La UE se acaba de dar cuenta de la influencia de China y Rusia en Hispanoamérica y supuestamente ha enviado a nuestro presidente de gira oficial por Colombia, Ecuador y Honduras como primera medida. Resulta verdaderamente inaudito que quien escamotea las armas contra Putin sea el encargado europeo de frenar la influencia de Putin en los satélites americanos de Rusia.
Mientras tanto, la luz es un lujo asiático y Yolanda Díaz le propone al pueblo que coma caviar. Y van y le aplauden. Feijóo, estás vendido.
