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Pablo Planas

Llorar en público

Habría que ver si quienes lloran porque no les salen sus planes golpistas lo harían en los funerales de las víctimas de una hipotética "vía eslovena".

Habría que ver si quienes lloran porque no les salen sus planes golpistas lo harían en los funerales de las víctimas de una hipotética "vía eslovena".
Puigdemont y Comín enseñan en el Parlamento Europeo un cartel pidiendo la libertad de Junqueras. | EFE

Llorar en público es toda una especialidad del independentismo catalán. En eso, Oriol Junqueras fue el pionero cuando semanas antes del primer referéndum golpista subía la apuesta del nefasto Artur Mas y reclamaba unas elecciones plebiscitarias. Corría octubre de 2014 y había que separarse del resto de España de manera imperativa, urgente, necesaria y vital. "Lo pido con esperanza y al mismo tiempo también con la angustia de aquel que sabe que (larga pausa dramática) perder el tiempo no es bueno". "Dejemos de hablar y hagámoslo de una vez, por favor", añadía tras otra pausa el actual campeón del "diálogo".

El día del referéndum golpista también se echó a llorar el futbolista Piqué. El corte literal: "Soy y me siento catalán y esto es algo de lo que hoy más que nunca me siento orgulloso de la gente de Cataluña porque creo que se ha comportado maravillosamente, como estos últimos siete años, en los cuales no ha habido (larguísima pausa para retirar una lágrima con el índice) ninguna agresión y han tenido que venir la Policía Nacional y la Guardia Civil para actuar de la forma que han actuado", manifestó absolutamente compungido en la zona mixta del Camp Nou, tras el infame partido sin público contra Las Palmas.

Pero eso sí, abogó por su continuidad en la selección española de esta forma: "Creo que puedo seguir en la selección porque de verdad creo que hay muchísima gente en España que está en total desaprobación con estos actos que han sucedido hoy en Cataluña y que de verdad creen en la democracia. Si no, no iría". Mientras tanto, se lo llevaba crudo por llevar la Supercopa de España, no la "Copa Catalunya", a Arabia Saudí.

La secretaria general de ERC, la fugada Marta Rovira, también lloró delante de los micrófonos por aquellas fechas. Fue el 2 de noviembre de 2017, cuando varios miembros del gobierno catalán golpista habían ingresado en prisión provisional y otros, con Puigdemont a la cabeza, se habían dado a la fuga. "No nos rendiremos, nosotros no lo haremos. Lucharemos hasta el final, ¡hasta el final!", sostuvo entre pucheros Rovira. A sus espaldas, Gabriel Rufián y otros conmilitones prorrumpían en unos aplausos que Rovira cortaba en seco: "¡No he acabado! No he acabado. Lucharemos hasta el final porque tenemos todo el derecho del mundo a vivir en un país más digno, más justo y más libre". En marzo del año siguiente huía de España tras ser citada por el Tribunal Supremo para comunicarle su auto de procesamiento.

En los últimos días se han reproducido estas escenas de cara a la galería, pero de la mano de dos significados seguidores de Puigdemont, el indultado Jordi Turull, y el defenestrado del cargo de vicepresidente de la Generalidad Jordi Puigneró. Y ambos en la radio del conde de Godó. El primero no podía acabar una entrevista porque sentía mucha tristeza por la ruptura del gobierno catalán. El segundo, se ahogaba al recordar que esa misma emisora y la radio oficial de la Generalidad le daban por detenido durante la operación para desmantelar la logística del referéndum del 1-O durante el registro y posterior asedio a la consejería de Economía del 20 de septiembre. Puigneró, que a la sazón era secretario de política digital del gobierno golpista, ha contado que se dirigía a Manresa en coche y tuvo que parar en el arcén para avisar a su pareja y a su madre de que lo que estaban diciendo esas radios era mentira. Como si a lo largo del proceso separatista hubieran dicho una sola verdad.

Muchos dirigentes golpistas también se emocionaron al ir a declarar a la Audiencia Nacional primero y al Tribunal Supremo después. O al ingresar en la cárcel. Muy lógico. Nada que ver con los cuatro casos reseñados, en los que el llanto, el ahogo, la expresión de la angustia y la desazón parecen claramente impostados, fruto de una estrategia de comunicación que puede impresionar a los espíritus más cándidos o impresionables pero que no es de recibo para los ciudadanos que padecen los desastres causados por estos y otros dirigentes separatistas.

Se confirma una vez más la acusada tendencia al victimismo bañado en lágrimas de cocodrilo del movimiento secesionista, capaz de dividir a la sociedad y destruir una región sin derramar una sola lágrima de verdad. Es la pura e insensata apelación a los sentimientos, en su caso los más bajos instintos.

Quieren balcanizar Cataluña. Estuvieron a punto de conseguirlo ahora hace cinco años y persisten. El antecesor de Aragonès, Quim Torra, apeló a la vía eslovena: "Los eslovenos lo tuvieron claro. Decidieron determinarse y seguir adelante con todas sus consecuencias. Hagamos como ellos. Estemos dispuestos a todo para vivir libres", dijo diciembre de 2018. Esa "vía" fue una guerra de diez días en la murieron 44 soldados serbios, 18 eslovenos y 12 civiles, así como miles de heridos.

Habría que ver si quienes lloran con tanta facilidad porque no les salen sus planes golpistas lo harían en los funerales de las víctimas de una hipotética "vía eslovena". De los que consideren enemigos seguro que no. Quienes se valen del recurso obsceno de llorar en público suelen apenarse mucho cuando muere un gatito, les quitan el sueldo o no pueden imponer su proyecto totalitario. Todo lo demás tiende a ser accesorio.

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