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Daniel R. Rodero

Ganar y saber ganar

Con su altivez de niños mimados y su gesto refocilante, los ganadores de la Copa demostraron que no saben ganar.

Con su altivez de niños mimados y su gesto refocilante, los ganadores de la Copa demostraron que no saben ganar.
Lusail (Qatar), 18/12/2022.- Lionel Messi (C) of Argentina lifts the World Cup trophy after winning the FIFA World Cup 2022 Final between Argentina and France at Lusail stadium, Lusail, Qatar, 18 December 2022. (Mundial de Fútbol, Francia, Estados Unidos, Catar) EFE/EPA/Friedemann Vogel

Ganó Argentina y lo celebró bochornosamente, sin elegancia. Los vídeos que se han difundido de los cánticos en el vestuario no dejan en buen lugar a sus jugadores. A estos chicos que parece que lo tienen todo (dinero, éxito, glamur, novias guapísimas y relumbrón mediático) habría que recordarles la conveniencia de cultivar la buena educación. Pero tampoco vamos a escandalizarnos; a fin de cuentas, el fútbol es un paréntesis de irracionalidad y atavismo en medio de una rutina las más de las veces tecnificada, de una rutina hecha a base de computadoras y agobios.

Si el fútbol degenera en violencia física es porque antes ha nacido como violencia simbólica. Los valores del deporte ni existen ni pueden existir cuando su industria se fundamenta en la exacerbación del instinto, en el nervio caliente de los hinchas y en su eficacia como liberadora de estrés. En términos psicoanalíticos, el deporte viene a ser un desbordamiento del "ello" que se disfruta haciendo tribu, la reafirmación de una identidad que ni se elige ni viene impuesta, pero por la que inexplicablemente se lloriquea o se insulta. El fanatismo de los aficionados no es excepción, sino norma, ya que surte de combustible a esta religión absurda que dura más de cien años.

Para la hinchada, el fútbol es algo secundario porque lo principal es siempre que su equipo gane, aunque lo haga en partidos bodriosos o en los que el resultado prima sobre el buen juego. Algunos amigos me reprochan mi rechazo frontal al planeta del balompié y a sus infinitos satélites. Me aducen con razón que es un refugio contra nuestras miserias de hombres vulgares. De acuerdo. Mas, como escribí en una entrega de mis invectivas, "abusar de un refugio lo convierte en prisión". En los bares, la gente rabia y patalea por si equis jugada constituye o no penalti, a la espera de que los seguidores del otro equipo respondan y monten tangana. Por eso uno no termina de entender que haya cosas que distiendan tensionando.

Con su altivez de niños mimados y su gesto refocilante, los ganadores de la Copa demostraron que no saben ganar. Su federación debería invitarles un fin de semana al Museo del Prado para que contemplen durante una mañana el cuadro de La rendición de Breda. En él se observa al general Spínola, que se ha bajado del caballo, recibiendo las llaves de la ciudad de manos de Justino de Nassau, jefe de los vencidos. Éste amaga con arrodillarse en señal de humillación, pero Spínola se lo impide e inclina el tórax para patentizar su respeto.

El domingo, bajo la lluvia de confeti, a nadie parecieron interesar los fallecidos en las grúas y andamios qataríes o la violación de los derechos humanos, las mohatras de la FIFA o el cinismo de su presidente Infantino. El fútbol volvió a anestesiar unas conciencias que durante la fase de grupos se decían despiertísimas. De ahí que la victoria de Argentina en este mundial horrendo tenga un ribete de justicia poética: la primera vez que la Albiceleste ganó uno fue en 1978, en casa, cuando el campeonato sirvió para blanquear el régimen de Videla y ocultar a los desaparecidos de "el Proceso" bajo el césped festivo de los estadios.

Mañana, la actitud de los jugadores argentinos será reproducida en las canchas de los colegios del orbe. Miles de niños entonarán los mismos cánticos que escucharon en la televisión y creerán en su ilusión infantil que lo cabal en esta vida es conducirse con idéntica arrogancia. Así que, cada vez que escucho que el fútbol sirve para formar a la juventud en no sé qué milongas, me acuerdo de las palabras del jesuita bueno y entrañable que nos impartía la catequesis de la primera comunión: "Niños, los tontos no educan".

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